Andrés Mirón, 1º Premio Poesía Searus-1998


ANDRÉS MIRÓN
Andrés Mirón Calderón. Foto: Diario ABC.

Nota Biográfica (1)

          Andrés Mirón nació en Guadalcanal, estudió en Madrid y reside en Sevilla, donde ejerce como profesor.

LIBROS DE POESÍA:
La selva en su orilla, Colección Rodamador. Palencia, 1965.
Las mariposas  de Palas Atenea, Colección Ángaro. Sevilla, 1974.
Elegía de Sisip, Colección La Peñuela. Carolina, 1976.
Trenos para un verano en Navaespaña, Seminario de Estudios de la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, 1976.
Cantoral de un tiempo marchito, Servicio de Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial de Sevilla, 1977.
El llanto de los sauces, Ediciones Bahía, Algeciras, 1977.
El polvo del peregrino, Colección Álamo. Salamanca,1978.
Libro de las baladas, Seminario de Estudios de la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, 1979.
Concierto para brisa y crepúsculo, Colección Ángaro. Sevilla, 1980.
Aicila, Col. Premios Literarios Ciudad de Irún. San Sebastián, 1981.
Libro de las Estatuas de los Héroes, Colección Adonais, Ediciones Rialp, S.A. Madrid, 1984.
Huerto de Batania, Colección Luis de Góngora. Excma. Diputación Provincial de Córdoba, 1987.
Galería Nacional, Colección Ánade, Ediciones Antonio Ubago, S.L. Granada, 1988.
Coro de Alejados, Colección Los Libros de la Posada. Excmo. Ayuntamiento de Córdoba, 1988.
Rimado de topacio, Colección Esquío. El Ferrol, 1990.
Salterio, Colección Avena Loca. Excmo. Ayuntamiento de Guadalajara, 1990.
Antología Poética, Colección Ánade, Ediciones Antonio Ubago, S.L. Granada, 1991.
Las Niñas del Hotel Blanco, Cuad. Kylix. Badajoz, 1995.

ANTOLOGÍAS
Poesía de tema arqueológico, Selección de Rafael García Serrano. Colección Façiendo la Vía del Calatraveño.Núm. 0. Ciudad Real, 1977.
A la orilla del sol. Un panorama y seis poetas postcontemporáneos. Estudio y antología. Juan de Dios Ruiz-Copete. Colección Aldebarán. Sevilla, 1980.
La poesía sevillana de los años setenta (Aproximación y análisis). Manuel Jurado López. Colección Vasija. Sevilla, 1980.
Panorama poético de Sevilla. Juan de Dios Ruiz-Copete. Colección Vasija. Sevilla, 1983.
Poesía sevillana 1950-1990 (Estudio y antología). Pedro Rodríguez Pacheco y Javier Sánchez Menéndez. Muñoz Moya y Montraveta Editores. Brenes,1992.
Quinta antología de Adonais, Colección Adonais, Ediciones Rialp. S.A. Madrid, 1993.

PREMIOS POÉTICOS
“Archivo Hispalense”, de la Excma. Diputación Provincial de Sevilla, 1977.
“Bahía”, de Algeciras, 1977.
“Seminario de Estudios”, de la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, 1978.
“José María Lacalle”, de Barcelona, 1978.
“Ignacio de Luzán”, del Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza, 1979.
“Jorge Guillén”, del Gobierno Civil de Burgos, 1979.
“Ciudad de Irún”, de la Caja de Ahorros de Guipúzcoa, 1980.
“Premio de Poesía SEARUS”. Año 1986.
“Luis Rosales”, de la Excma. Diputación Provincial de Granada, 1983.
“Florentino Pérez-Embid”, de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 1983.
“Esquío”, de la Caixa de Galicia y Sociedad de Cultura Vallle-Inclán. El Ferrol, 1989.
“Luis Carrillo y Sotomayor”, del Excmo. Ayuntamiento de Baena, 1993.
“José de Espronceda”, del Excmo. Ayuntamiento de Almendralejo, 1996.

          Andrés Mirón, noviembre de 1999.


Nota Biográfica (2)

          ANDRÉS MIRÓN es “un andaluz profundo, introspectivo, con don de palabra, que sabe andar el ritmo, apasionado, que siente y dice bien”. Así saludaba Ángel García López la primera salida en el libro del poeta. Francisco Umbral, por su parte, destacaba ya entonces la agilidad de pluma que caracterizaba al joven escritor. “No puede negar Andrés Mirón su entroncamiento geográfico. Su poesía tiene sones y esencias de la mejor literatura andaluza”, escribió el crítico José López Martínez. Veintidós años atrás, Jorge Guillén dijo de este poeta que “en cada poema hay siempre algún término poco usado o tal vez inventado. Ese rasgo contribuye a reforzar el carácter humanístico, hispalense, del texto. Lo que no impide el trazo riguroso”. Para V. Arteaga, “ésta es poesía cristalina, puro sonido, canto para la unción y los sentidos todos”. Y del “lirismo finamente interpretado, la agudeza y la desenvoltura” que José Albi detectara en tales inicios, deviene el impulso mágico con que el poeta, ahondando en su propia intimidad, ha venido conformando los cardinales de su personal cosmovisión.
          Andrés Mirón nació en Guadalcanal, estudió en Madrid y reside en Sevilla, donde ejerce de profesor.
          Tiene publicados una veintena de libros de poemas, entre los cuales citamos:
Concierto para brisa y crepúsculo. Colección Ángaro. Sevilla, 1980.
Libro de las estatuas de los héroes. Colección Adonais. Madrid, 1984.
Reinado de topacio. Colección Esquío. El Ferrol, 1990.
Marabú. Colección Anaquel. Alicante, 1999.


Reseña biográfica tomada de la Antología 25 años de Poesía Searus, 2002




Obra: “LA LLUVIA DESEADA”
1º Premio, XXI Certamen de Poesía Searus, 1998



ALAGUIEN QUE NO ESPERABA MI VISITA.
Andaba yo extasiándome en un álbum
al que suelo acudir cuando compruebo
que llega un nuevo otoño deshojando
sombras de ayer, memorias de mañana.
Estaba en una lluvia que conozco.
Lo que se amó una vez y tuvo alas
nos puede alucinar si, de repente,
al alma encuentra un sueño al que exiliarse.
Los ojos en que vimos una cierta
Felicidad no cesan de mirarnos.
Dos hijas, varios miles de poemas,
sesenta soliviantos por minuto,
un desamparo que sacudo contra
el muro más altivo, siete fechas
que alumbran en mi pecho y no desmayan
en esto transparente de acercarme
lo que más emociona… Mis poderes.
Estaba en una lluvia que conozco
y apareciste tú, como el que busca
alguien con quien hablar de lo divino.



ESTABA EN UNA LLUVIA Y NO EXISTÍA
palpitación en donde guarecerse.
El piano, la gramola, los retratos
de seres que se han ido, el abanico
con su borrado madrigal y el álbum
expanden su silencio por la estancia.
“Vos sabéis que acordar no siempre es grato”,
me dijo cierta vez en rioplatense
poeta de mi gusto que atreviose
a contemplar el mundo que os presento
así de torpemente. Separemos
–le dije– el manantial de lo vivido.
Descendiendo de guerreros a la fuerza.
Por esa circunstancia es que carezco
de antecedentes líricos, sin duda.
Me pregunto qué vuelan los arcángeles
que aturden de tal lluvia a las florestas.
De la movida de The Beatles vengo.
Tengo tardes de idilio en el “Petrarca”
y luces psicodélicas que trinan
en la luna, el moaré y otras ternuras
que no tienen pasado porque esplenden.
Hay adioses que agitan sus pañuelos
con el presentimiento de una ausencia
que habrá de dilatar la despedida,
y ocurre que jamás abandonaron
aquel andén en donde se afligieran.
He visto tanto otoño que no acierto
a detener las hojas que me llevan.



¿DE DÓNDE VINISTE TÚ, SALPICADURA?
¿Quién  te incitó a aterirme de ese modo
tan ali acontecido con que arrecias?
Si me tuviste por estatua, erraste
el vértigo, la piedra, la intemperie.
De tiempo somos y con prisa vamos.
Nada tan vulnerable como un árbol
cuando un airón de otoño disemina
la sombra que lució. De tumbo en tumbo
los paisajes del alma amarillecen
la lánguida hojarasca. Regresemos
a aquella edad gacela que corría
del sotobosque a la ribera amena
para ver de saciarse la presura.
Juguemos a perdernos como cuando
la niebla no mojaba. Los sonidos
de aquello tan celeste, ¿qué se hicieron?
Si alguien los ve, que avise a las estrellas.
Me acostumbré a la música, ya oís.



UN PATIO CON JAZMINES QUE AMANECEN
a eso de la tarde es un motivo
indeleble y lustral para el que siente
la vida como es. Y si te invitan
al cine como premio por regarlos
y propiciar tamaña albura, entonces
te signa lo más puro de los días.
Pues Catherine Deneuve me fascinaba.
Conozco bien el alba de las tardes.
Y sé qué claridad baña a un paisaje
con sólo imaginar que en aquel patio
aún sigue amaneciendo. Sutilezas
así nos pueden regalar un mundo.
Es más: hasta señalan un camino.
Estaba en una lluvia. Y amanece.
Estaba amaneciendo al mester mío.
Con ese adolecer he recorrido
los sueños que aparento. Si esperabais
que amaneciera de distinto asombro,
ya veis por qué he callado. Comprendedme.
Mis palabras son briznas de algún soplo
que vaga otoñalmente por la niebla.
He renunciado a componer un himno
gigante porque pasan estas cosas.



VEDME AQUÍ CON UN POCO DE CANSANDIO,
si no del caminar –pues no he partido–
sí del mucho esperar que me sonrían
las nubes, los relámpagos, las lluvias.
Si ahora escribo: me aprietan los zapatos,
e incluso llego a más: me reconozco
en esas hojas que el otoño aventa,
ocurre que es verdad, pero no basta
para que me recuerde este poema.
Puede que diga rosa y sea galaxia.
Ver un papel volar es un motivo
para que la estación se ponga a pájaros.
Acaso piense amor y sienta niebla.
Sé que es corazonal, pero decidme
qué puedo yo aducir si estoy cansado.
No siempre, en el vivir, bajan los ríos
alegremente al mar. A veces dudan.
Quiere el azar, después de tanto otoño,
que alguien encuentre este cansancio y digan:
Ha debido perdérsele a un poeta.
Entonces la distancia ocultaría
cuanto la vida oscureció a su paso.
Mis ojos verán aquellos ojos.
No habrá una luz así para mi dicha.



ESTABA EN UNA LLUVIA Y ACUDISTE,
solícito, a ampararme. Pasan cosas
que no se explican sino cuando escampa.
Haz que llegue hasta mí la incandescencia
que concedes a algunos elegidos
para desvanecer estos carámbanos.
Me viene al corazón Lope de Vega.
Madrid, años sesenta, un estudiante
con la nostalgia de Sevilla encima
y ensimismado en una biblioteca.
En las calles con árboles había
una amarilla vocación de sombra.
Pues bien, en tal estado aparecieron,
en tinta viva, las primeras naves.
Era un mar proceloso el que surcaban.
Dijo de aquello Umbral que merecía
la pena navegar. Tal vez ignore
que luego las quemé. Y en tierra sigo.
Como quiere el recuerdo, pero en tierra.
En el instante incierto en que algo anuncie
que se aproxima la arribada a un puerto,
arrojaré la pluma por la borda,
pues habré dicho lo que deseaba.
Pero no ocurrirá. Me quedé en tierra.



CUANDO YA NADA Y NUNCA SEAN LO MISMO
y esta mano que tañe, si no un arpa,
la lira del soñar esté alentando
absurdos jaramagos y el relente
en ellos interprete mi silencio,
alguien vendrá con rosas del otoño
a ver de remontar el cielo abierto
que habré alcanzado porque lo esperaba,
cuando ya nada y nunca sean lo mismo.



LO QUE SE AMÓ UNA VEZ Y TUVO ALAS
no cesa de posarse en el recuerdo.
Nos llaman. Acudimos. Nos ofrecen
claror y buenandanza. Nos alejan
de aquello gris que desemboca en lluvia.
Nos miran. Y, al mirarnos, comprobamos
que es esa claridad la que nos urge
de magia duradera. Un hombro a mano
puede desabitar un desaliento.
El otoño, si luce, estalla en rosas
que sobreviven a la tarde. Late
un no sé qué que quiere que quememos
las hojas desahuciadas. Sus cenizas
son esos soliviantos que olvidamos.
Para entregar al aire lo que es suyo
tañemos una lira. ¿Conocéis
asombro más propicio para darse
y, al mismo vuelo, retener lo amado?



SIETE FLECHA. SETENTA VECES SIETE
llevando senda cierta de la dicha.
Y lo más entrañable: dos torrentes
que suben por mi sangre hacia lo puro.
Tal vez fuese una hoja en otra vida.
Ahora el otoño dora de otro asombro.
No falla en siete cielos encendido.
Decidme que estoy vivo y que no llueve.

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