Garbanzos con bacalao, potaje de vigilia en Los Palacios y Villafranca.



Garbanzos con bacalao, potaje de vigilia en Los Palacios y Villafranca. Es el plato de cuchara estrella en tiempo de Cuaresma y junto a las torrijas y los pestiños son, quizás, los alimentos más característicos en los días de Semana Santa. Receta típica y fácil de cocinar…

Potaje de vigilia. Garbanzos con bacalo.


INGREDIENTES.





ANTES DE COCINAR.

1.-Un día antes ponemos en remojo los garbanzos, con un "puñadito" de sal. Antes de ponerlos en remojo debemos lavarlos para que no presenten impurezas.

2.-Desalamos el bacalao que vayamos a utilizar en el potaje. Desde la noche antes en agua.

Bacalao en agua.


PREPARACIÓN DEL POTAJE DE VIGILIA.

1.-Freímos con aceite de oliva dos o tres dientes de ajo (teniendo en cuenta de que no se quemen), unas cuantas almendras y un par de trozos de pan en una sartén. Una vez frito todo, majamos a conciencia, en un mortero, todos los ingredientes.

Freímos.

Majamos.


2.-En la misma sartén, con aceite de oliva, hacemos un sofrito con una cebolla, dos tomates maduros y una cucharadita de pimentón.

3.-En una olla exprés, vertemos los garbanzos en agua acompañados de una hoja de laurel y dejamos que hierva durante unos treinta minutos aproximadamente. Pasado ese tiempo vertemos lo que habíamos majado en el mortero y el sofrito, además incorporamos los trozos de bacalao, también se puede añadir desmenuzado. A fuego medio durante unos quince o veinte minutos más y tendremos preparado nuestro potaje de vigilia de garbanzos con bacalao.

Añadimos a la olla lo majado en el mortero.

Añadimos a la olla el sofrito.

Añadimos a la olla el bacalo.


VARIANTES.

1.-Se cuece un huevo. Se desmenuza la yema y se trocea la clara. Se incorpora a la olla de los garbanzos cuando éstos hayan hervido. También, según las preferencias, pueden ser servidos, en trozos, encima del plato.

2.-Se puede añadir a la olla de los garbanzos unas cuantas hojas de espinacas, que pasados unos minutos ya habrán reducido su tamaño y estarán listas.



ALGO DE HISTORIA.

Durante los cuarenta días que dura la Cuaresma, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección, la tradición religiosa cristiana recuerda el precepto de abstenerse de comer carnes rojas. Este tiempo de “vigilia” condujo, sin duda, a agudizar el ingenio y combinar ingredientes diferentes a las carnes, en variadas recetas y platos. Una de ellas, quizás la más típica de todas, la constituye el potaje de vigilia de garbanzos con bacalao.

Consideraciones sobre los garbanzos y el bacalaro, ingredientes principales de nuestro plato estrella en tiempo de Cuaresma o Vigilia.

El bacalao fue siempre un pescado abundante en zonas alejadas de la costa, ya que se podía disponer de él en salazón durante todo el año, hecho que propició su uso como ingrediente base para cualquier plato que no se complementase con carne.

En cuanto a los garbanzos, existe una amplia tradición de su consumo, casi de forma exclusiva en siglos pasados, en la alimentación de las familias españolas. Se consumían tantos pucheros de garbanzos (cocidos) en España que Jean Charles Davillier, romántico europeo que viajaba por el país, escribió en su libro “Viaje por España (1862-1873)” lo siguiente: “Si pasáis a España, contad con que os servirán puchero trescientas sesenta y cinco veces al año y, si es bisiesto, una más”. El garbanzo era una legumbre habitual en el almuerzo del mediodía; tanto fue así que el cocido se convirtió en sinónimo de “comida”. A mediados del siglo XX, coincidiendo con un mejor nivel de vida del país, la introducción de otros platos más sofisticados y comenzar a considerarse como un alimento de “pobres”,  los garbanzos dejaron de consumirse tan habitualmente.

Los Palacios y Villafranca fue un referente, en Andalucía, por la calidad de los garbanzos producidos en sus campos. Eduardo Antón Rodríguez, en la “Guía del Viagero (sic) por el Ferrocarril de Sevilla a Cadiz, Sevilla, 1864”, escribía….“Los terrenos de su término (Los Palacios y Villafranca), comprendidos en la feracísima campiña de Utrera, producen excelentes y abundantes frutos, entre los cuales sobresalen por su calidad inmejorable, los trigos, los garbanzos, las uvas y las sandías. Los Primeros han sido premiados en la exposición universal de Londres (1862), las uvas son buscadas por Jerez y en Sevilla, y las sandías se confunden con las riquísimas de Utrera  en el mercado de la capital”. “Los garbanzos son de lo mejor de la cosecha de Andalucía; en las eras se venden á ocho duros la fanega, y son buscados en todas partes”. Tanta importancia se daba en aquellos años al cultivo de garbanzos, que la producción anual por término medio era de “3.500 fanegas”. Si tenemos en cuenta la calidad y reputación alcanzada en toda Andalucía por los garbanzos del pueblo, con una producción media anual de unas 3.500 fanegas (151.000 kilos) que eran “quitados de las manos” por los intermediarios, no es de extrañar que se cultivasen en las tierras de los cortijos de Los Palacios y Villafranca dichas legumbres y más aún cuando en el siglo XIX fue base alimenticia de la población.

Tanta importancia y calidad llegaron a tener los garbanzos de Los Palacios y Villafranca que, junto con el aceite de oliva, representaron a Los Palacios y Villafranca en la Exposición Universal de 1862 en Londres. Así aparece en el “Catálogo Oficial: Exposición Internacional de 1862 en Londres. Depart. Español”.  Los mencionados géneros fueron presentados por Muruvé. M. , aunque, seguramente el apellido estuviese mal escrito, siendo verdaderamente Murube el que debía haber sido impreso.

Miguel Sánchez Martín, marzo de 2017.



BIBLIOGRAFÍA:

Los Palacios y Villafranca en la Exposición Universal de 1862 en Londres. M. Sánchez Martín. Junio de 2015.


José Rivas Aquino, aviador de Los Palacios y Villafranca

José Rivas Aquino, de Los Palacios y Villafranca, miembro de la tripulación de la aeronave S.M-79 Sparviero accidentado el 27 de febrero de 1941 en la zona del “Alcornocal” (Los Palacios y Villafranca).



José Rivas Aquino, nace en Villafranca y Los Palacios en el año 1920, hijo de Juan Rivas Amador y Aurora Aquino Alcántara, siendo el primero de cuatro hermanos; un año mayor que Pilar y doce más que Juan y Antonio. Nació en la calle Andrés Bernáldez y se crio en la calle Toledillo, cuyos postigos daban al caserío de la “Huerta de Bustillo” y a la explanada del “Manchón de la Pepona”.

José Rivas Aquino y su padre Juan Rivas Amador, paseando por las cercanías del Caño de la Vera. 
Al fondo se aprecia la inconfundible estampa de la torre del pueblo y el edificio del templo parroquial
de Santa María la Blanca. Foto cedida por Antonio Rivas Aquino y Francisco Mayo Rivas.


José Rivas Aquino, 1935
Foto cedida por los familiares,
Antonio Rivas Aquino y Fco. Mayo Rivas

Juan Rivas Amador.
Cartero de Los Palacios y Villafranca, años 20. 
Detrás de Juan aparecen Antonia, María y Conchita,
 hermanas de Francisco Mayo Durán (Francisco “La Chata”).

Foto: Retratos del Pueblo.

Parte posterior de una tarjeta postal. 
En la parte anterior está impresa la foto de José Rivas Aquino. 
Firma de José Rivas, 11 de septiembre de 1935. 
Foto cedida por Antonio Rivas A. y Fco. Mayo Rivas.

José Asistió a las clases que el maestro Enrique Gómez impartía en el colegio Juan José Baquero, situado en la calle Real. El maestro aparece, en la foto, sentado a la izquierda junto a Manuel Elías, situado a su izquierda. Detrás de los mayores se encuentran varios alumnos, José en el centro, con una boina cubriéndole el cabello. El maestro Enrique Gómez sería fusilado al comienzo de la Guerra Civil española.

José junto a varios de sus compañeros del colegio Juan José Baquero
 y su maestro Enrique Gómez y Manuel Elías.
Foto cedida por Antonio Rivas Aquino y Francisco Mayo Rivas.

Siempre disfrutó dibujando y usando la técnica de la plumilla, que tan bien dominaba… Gracias a Francisco Mayo Rivas, hijo de Pilar Rivas Aquino y sobrino de José, podemos mostrar algunos de sus trabajos, realizados entre los años 1935 y 1936, cuando tenía alrededor de 15 años. Algunos de sus dibujos, realizados a plumilla, donde se reflejan temas taurinos como “el pase al natural” de Joselito, faenas de campo con la “garrocha” ante toros bravos, etc... son copias de algunas láminas de tauromaquia del famoso pintor de Coria del Río Martínez de León…

Dibujo de José Rivas Aquino
“Joselito en el pase natural”
Imagen cedida por Francisco Mayo Rivas
Dibujo de José Rivas Aquino
“Trabajo de garrocha en el campo”
Imagen cedida por Francisco Mayo Rivas
Dibujo de José Rivas Aquino
Copia de M. de León
Imagen cedida por Francisco Mayo Rivas
Dibujo de José Rivas Aquino
“Elvas”
Imagen cedida por Francisco Mayo Rivas
Dibujo de José Rivas Aquino, 1936
Copia de M. de León
Imagen cedida por Francisco Mayo Rivas

Con los colores primitivos observamos el caserío de “La Huerta de Bustillo”, que se encontraba situada frente a los postigos de las casas de la calle Toledillo, justo frente al postigo de la casa de José Rivas Aquino, hijo del cartero del pueblo.

“La Huerta de Bustillo”, 1936. Obra de José Rivas Aquino
Imagen cedida por Francisco Mayo Rivas

En el libro “Relatos Palaciegos” de Miguel Roldán Roldán, publicado en el año 1995, se insertaba la imagen, en blanco y negro, del dibujo del caserío realizado por José en el año 1936, y se decía…

Sobre el cielo azul aburrido, se dibuja el caserío de la Huerta de Bustillo. Lo encontramos más grande y majestuoso que de costumbre: será porque estamos enfrente, sentados en el poyete del postigo del Cartero, un rincón recoleto donde tomamos un sol concentrado; o porque nunca lo hemos observado con tanto detenimiento. Lo cierto es que lo envuelve un halo misterioso por su grandiosidad y por los personajes que lo habitan.”

Imagen publicada en “Relatos Palaciegos” de Miguel Roldán Roldán en 1995.

También formó parte de equipos de fútbol, como el denominado Primer Equipo Flechas. La foto recuperada por la familia Rivas está realizada el día 1 de enero del año 1937. En la imagen aparece José como el portero del equipo, junto a otros compañeros que según podemos apreciar en los nombres que aparecen pudieran ser Domingo, Pazos, Elías, Javier, Lupe, Caballero, Juan y Escuela. No obstante faltan por reconocer a otros jugadores, puesto que no aparecen sus nombres en la instantánea.

Primer equipo Flechas, Los Palacios y Vfca. 1 de enero de 1937
Foto cedida por Antonio Rivas Aquino y Francisco Mayo Rivas.

Al hijo del cartero Rivas, como era conocido en el pueblo, le encantaban los aviones, por lo que se alistó voluntario en el ejército del aire. Destinado en Tablada, donde le restaba poco tiempo para ser piloto, fue cuando ocurrió el accidente que truncó sus ilusiones y esperanzas… Siendo un duro golpe para toda la familia, del que Aurora, su madre, no se repondría nunca…

José falleció el 27 de febrero de 1941, junto a nueve compañeros, en el accidente del bombardero S.M–79–Sparviero mientras realizaban maniobras de instrucción a bordo de un avión, en los terrenos del “Alcornocal”  cerca del conocido como “Pozo de la Cruz”, en el término municipal de Los Palacios y Villafranca…

José Rivas Aquino, en Tablada. 
Foto cedida por Antonio Rivas Aquino y Francisco Mayo Rivas.

S.M–79–Sparviero. Foto: Ejército del Aire.

En la nota de prensa,  publicada en aquellas fechas, que acompañaba la foto-1 del avión siniestrado decía:
         “El 27 de febrero de 1941se produjo un grave accidente en el que perdieron la vida diez personas, afectas a la Base Aérea de Tablada. Un trimotor Savoia S-79 del Grupo 13 del 11 Regimiento de Bombardeo se estrelló en un vuelo de instrucción en el término municipal de Los Palacios (Sevilla). El avión estuvo a punto de impactar contra una casa, pero terminó chocando contra unos árboles.” Foto: IHCA.

Foto-1: Avión S.M–79–Sparviero siniestrado. Se observan olivos alrededor de la aeronave.
Foto: IHCA.  Imagen cedida por Antonio Rivas Aquino y Francisco Mayo Rivas.

Junto a la foto-2, en el texto se puede leer:
“En el desgarrado fuselaje del 28-71 encontraron la muerte los tenientes Tomé Taboada y Sanz Redondo, el brigada Aguayo Peinado y los cabos Fuentes Pérez, Rodríguez Páez, López Capilla, Villoldo López, Guerrero Ruíz y Rivas Aquino. También pereció en el accidente el mutilado Miguel Cuenca García.”. Foto: IHCA.

Foto-2: Avión S.M–79–Sparviero siniestrado. Foto: IHCA.
Imagen cedida por Antonio Rivas Aquino y Francisco Mayo Rivas.

En el nº 12 de la revista de historia aeronáutica, año 1994, aparece también la relación de personas fallecidas en Tablada en accidente aéreo, entre las que aparecen las que dejaron sus vidas entre los olivos del “Alcornocal”:
“Los tenientes de aviación Arturo Tomé Taboada y César Sanz Ruano, el brigada Luís Aguayo Peinado, y los cabos Alejandro Fuertes Pérez, Manuel Rodríguez Páez, José Mª López Capilla, Félix Villoldo López, José Guerrero Ruiz, José Rivas Aquino y Miguel Cuenca García.”

Revista de historia aeronáutica. Año 1994, nº 12.

En recuerdo a las personas que perdieron la vida en el mencionado lugar se levanta un monolito de granito donde se hace mención al incidente y a la fecha en la que se produjo el mismo.

Foto de José Antonio Rivero Márquez.
Año 2015

Foto de José Antonio Rivero Márquez.
Año 2015

Nuestro agradecimiento a Antonio Rivas Aquino, hermano de José y a Francisco Mayo Rivas, sobrino, por aportar los recuerdos y documentos que avalan la memoria que les presentamos.



M. Sánchez Martín, marzo de 2017



BIBLIOGRAFÍA

1.-Dibujos, fotos y recuerdos de la familia Rivas, representada por Antonio Rivas Aquino y Francisco Mayo  Rivas.
2.-Relatos Palaciegos, 1995, de Miguel Roldán Roldán.
3.-Recuerdos de Antonio Rivas Begines.
4.- Fotos de José Antonio Rivero Márquez.
5.- Foto del Ejército del Aire.
6.- Victimas en AEROPLANO.Revista de historia aeronáutica.Año 1994.Nº 12.
7.-Foto de  Juan Rivas Amador, “Retratos del Pueblo”.

Falsa Casa-Museo de Murillo, por Julio Mayo

FALSA CASA-MUSEO DE MURILLO
JULIO MAYO

Las fechas conmemorativas son muy oportunas para difundir nuestra historia, pero no deben emplearse para contaminar el pasado de confusiones ni leyendas dañinas. Y lo decimos, porque no es cierto que el pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo viviese los últimos años de su vida, donde el Instituto Andaluz del Flamenco ha establecido su sede. Así reza una placa de acero inoxidable fijada a la pared del zaguán de la casona de color almagra claro, que se halla ubicada en el barrio de Santa Cruz, frente al convento de las Teresas, en cuya fachada predica un óvalo metálico que es la Casa Museo de Murillo. En caso de que lo hubiese sido, que no lo fue, debió serlo un único año. No todos los últimos de su vida.

“Fachada de la vivienda en el barrio de Santa Cruz en cuya placa se asegura que fue 
la casa de Murillo. Julio Mayo sostiene que hay documentación que desmiente 
que el pintor sevillano pasara allí los últimos años de su vida”. Foto: ABC.


En el Padrón de las personas que han de cumplir con el precepto de la confesión y comunión en esta Parroquia de Santa Cruz del año 1682, figura afincado en la casa número 3 de la calle entonces denominada de la Puerta pequeña. Junto a él se encontraban avecindados, su hijo Gaspar, en aquel momento clérigo menor aunque luego llegó a ser canónigo, una tal Ana María y un tal José Cano, probablemente personal del propio servicio doméstico. De los cinco hijos y cuatro hijas que había tenido, sobrevivieron pocos. Con él, nada más, se encontraba don Gaspar, pues una de sus hijas había ingresado como monja en el convento sevillano de Madre de Dios. Murillo tenía 65 años y era viudo desde hacía más de veinte. Y aunque se desconoce la causa por la que alcanzó el privilegio de alojarse en esta morada, adyacente a la iglesia filial de la catedral, demolida y trasladada a la calle Mateos Gago en el transcurso del siglo XIX, es muy posible que este paradero reuniera las mejores condiciones para su retiro, después de la gran caída que sufrió pintando un lienzo para la iglesia de los Capuchinos de Cádiz, un año antes, en 1681.  No se sabe si el accidente se perpetró aquí en su estudio, o allí en la bahía. Lo cierto es que, tras el golpe, optó por regresar a la collación de uno de los principales centros de su vida mística y espiritual.

Registro del padrón del inmueble núm. 3 de la calle Puerta pequeña. 
“Documentación aportada por Julio Mayo Rodríguez”


La relación estrecha del clan familiar de los Murillos con la institución eclesiástica –pues su primo hermano Bartolomé Pérez Ortiz llegó a ser canónigo y algunos otros tíos suyos fueron frailes dominicos, como fray Bartolomé Murillo–, y los notabilísimos trabajos que el maestro realizó para la catedral, pudieron haber influenciado en las facilidades que los dirigentes clericales le brindaron para instalarse en el barrio preferido para residir por los curas y prebendados de la catedral. Sus calles estrechas, abrigadas por la muralla que va hacia el Alcázar, deparaban un recogimiento mucho más propicio que el inquietante bullicio de otros lugares transitados de aquella populosa Sevilla. Así lo demuestra el hecho de que, en el entorno de sus callejas, se instalase el hospital destinado a acoger a los sacerdotes ya ancianos y venerables. No perdamos de vista que el máximo responsable del cuidado y mantenimiento de los cuatro templos que auxiliaban a la catedral (San Roque, San Bartolomé, Santa María la Blanca y Santa Cruz) fue, entre 1655 y 1682, el canónigo Justino de Neve, amigo personal suyo y promotor de importantes proyectos artísticos.

Murillo y su familia, que habían mantenido una gran relación con Santa Cruz, como feligreses entre 1659 y 1662, vivieron luego casi dos décadas en la calle San Jerónimo, de la parroquia de San Bartolomé. Estando empadronado allí, pintó los cuatro lienzos del hospicio de los Venerables en 1678.

Su funeral se ofició, el 4 de abril de 1682, en la iglesia de Santa Cruz. Según la anotación de su partida de defunción, se enterró en uno de los cañones de bóveda propios de la fábrica, sin más ostentación. Cuentan las crónicas que el sepelio constituyó todo un acontecimiento popular y que portaron su féretro dos marqueses y cuatro caballeros de órdenes militares.

Documento extraído del Libro de defunción núm. 2 (1679-1750) del archivo parroquial de Santa Cruz de Sevilla. “Documentación aportada por Julio Mayo Rodríguez”


Confusiones sobre el domicilio
Fue el cronista sevillano Félix González de León quien engendró el equívoco, en 1839, al publicar que Murillo vivió los últimos años de su vida y murió en una casa de la calle Santa Teresa, que se encontraba justamente enfrente del convento de las monjas carmelitas, en el libro Noticia del origen de los nombres de las calles de Sevilla. Apoya su tesis en unos apuntes de su propio abuelo, que decían así: «El día 3 de abril de 1682 murió en la casa que está enfrente de las monjas Teresas el famoso pintor don Bartolomé Esteban Murillo. Este pintor fue íntimo amigo de mi abuelo –tatarabuelo del historiador–, por lo que le pintó y regaló el retrato de mi abuela que está en el comedor». De este modo, González de León, rebatió la propuesta planteada por el viajero romántico Richard Ford unos años antes, en 1831. Este escritor inglés, señalaba como vivienda una de la casa de los Alfaros, en la plaza del mismo nombre, que hacía esquina con la actual del Agua. Difundió hasta un dibujo de ella. A partir de entonces, el deán López Cepero, Amador de los Ríos y Gómez Aceves, insistieron en catalogar el palacete de los Alfaro como el lugar donde había fallecido Murillo. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, los académicos de Bellas Artes y otros intelectuales románticos, como Tubino y Reinoso, concluyen que la casa está en la plaza de Alfaro, pero en la acera que colinda con la plaza de Santa Cruz. Esta propuesta la difundió también el pintor argentino José Miguel Torre Revello, quien copió el texto de una lápida de mármol que se instaló en el número dos de la plaza de Alfaro. Aunque parecía un hogar demasiado humilde y algo reducido, Santiago Montoto consideró, ya en el siglo XX, como buena la nueva designación del espacio en el que pudiera haberle llegado el óbito.

Pero hace escasas décadas, el profesor Diego Angulo Íñiguez recobró aquella sugerencia iniciática de González de León, que señalaba la casa frontera al convento de las Teresas como emplazamiento de su expiración. El eminente historiador del arte, expresa, en el primer tomo de su estudio sobre Murillo, que ambas teorías son conciliables porque pudo haber fallecido en esta casa aunque no hubiese vivido en ella. La publicación de este voluminoso trabajo, en 1981, a solo un año de la celebración del III Centenario de la defunción de Murillo (1682-1982), colmó de argumentos a la Junta de Andalucía para centralizar en este inmueble, de la calle Santa Teresa, buena parte de las actividades de la efeméride, después de haberlo adquirido en 1972.


Nuevas revelaciones documentales
Antes de que la iglesia de Santa Cruz fuese derribada en las primeras décadas del siglo XIX, su puerta principal se abría hacia la calle Santa Teresa. A partir de ella se articulaba un cuerpo de naves, extendido desde el acerado del consulado de Francia hasta el de las murallas que buscan el Alcázar, aunque sin llegar del todo a aquel extremo. En la parte más oriental de la plaza, hacia el borde de la glorieta ajardinada donde está la cruz de forja, se alineaban la torre y una cupulita que cubría el ábside y el presbiterio, según muestra el plano de la ciudad mandado hacer por Pablo de Olavide en 1771. En este mismo documento cartográfico, se comprueba que el templo estaba rodeado por un carril con salidas hacia la calle Mezquita y plaza de Alfaro, respectivamente. Pero además, desvela que por el lateral de la iglesia discurría una callecita estrecha que comunicaba la calle de Santa Teresa con la plaza de Alfaro. La misma que los padrones llaman de la Puerta pequeña o Puerta chica, en razón del portoncillo que se abría hacia ella desde la iglesia.

Con el objeto de esclarecer qué calle fue aquella de la Puerta chica en la que habitó Murillo, hemos cotejado minuciosamente numerosos libros padrones del archivo parroquial de Santa Cruz. La consulta sistemática de estos censos, de manera secuenciada, nos permite reconstruir la evolución del nomenclátor de la calle y su parcelación inmobiliaria. En los siglos XVII y XVIII mantuvo prácticamente el mismo nombre. De Puerta pequeña, pasó a referenciarse como Puerta chica.

Es en el año 1800 cuando aparece asentado un nuevo nombre para la vía: calle de Santa Cruz. Curiosamente el mismo que posee, signado ya, en un padrón militar del Archivo municipal, fechado en 1714. Desde las últimas décadas del siglo XVII, eran tres casas las que integraban la referida calle de la Puerta chica. La primera de ellas estaba dentro de la propia iglesia y las demás en el corto tramo de la calleja. Los padrones de inicios del siglo XIX, cuando la iglesia ocupaba aún gran parte de la plaza y no había sido demolida, registran todavía anotados los mismos tres inmuebles que enuncia el padrón de 1682, cuando falleció Murillo, con la particularidad de que los sitúa, lógicamente, en la calle de Santa Cruz, pero separándolos claramente de los descritos en la «Plazuela de Alfaro» y «Callejón de Alfaro». Se comprueba así que el artista, antes de fallecer, no ocupó ningún inmueble de la calle de Santa Teresa ni de la plaza de los Alfaros.

Murillo vivió dentro del mismo inmueble que ocuparían años después otros sacerdotes emblemáticos de Santa Cruz. Francisco de Paula Baquero, Cartaya del Barco y hasta el propio Félix José Reinoso, se domiciliaron en esta misma casa que pertenecía a la propiedad del cabildo catedralicio, tal como testimonian diversos documentos del Archivo de la catedral y el propio Padrón de fincas urbanas de 1795, localizado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Este documento urbanístico nos ha servido de igual modo para acreditar que la casa ocupada por Murillo, en 1682, tuvo que hallarse enclavada en la manzana de casas del tablado flamenco de Los Gallos, formada entre las plazas de Santa Cruz y Alfaro. Su casa estaba muy cerca de la que muestra ahora, en su fachada, las letras de bronce puestas por la Academia de Bellas Artes el año 1858, en recuerdo de su enterramiento en la iglesia destruida de Santa Cruz.


Autoretrato de Bartolomé Esteban Murillo
 (Sevilla, 1617 – 3 de abril de 1682)


Al final, pasará como en Madrid. La Administración reunió a tropecientos arqueólogos para que sondeasen el paradero de los huesos de Cervantes en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas, mientras que la búsqueda de la exhumación en legajos se la encomendó solo a un historiador. Pero con una limitación. Que lo hiciera en dos días. Antes de que el Ayuntamiento sevillano hubiese designado el edificio de la calle de Santa Teresa como centro oficial para acoger los actos del IV centenario del nacimiento de Murillo (1617-2017) –van y eligen donde dicen que falleció–; lo lógico es que, con anterioridad, hubiese promovido un trabajo serio de investigación documental que ratificase, o descartase, si ciertamente el genio llegó a vivir tantos años en este palacio de la Junta de Andalucía. Este tratamiento no lo merece uno de los máximos exponentes de la pintura barroca del Siglo de Oro español, que tuvo la habilidad de colmar, a un mismo tiempo, las apetencias de las élites y el pueblo llano, al que conquistó profundamente, quien por excelencia y aclamación popular es el Pintor de Sevilla.

(*) JULIO MAYO ES HISTORIADOR