Falsa Casa-Museo de Murillo, por Julio Mayo

FALSA CASA-MUSEO DE MURILLO
JULIO MAYO

Las fechas conmemorativas son muy oportunas para difundir nuestra historia, pero no deben emplearse para contaminar el pasado de confusiones ni leyendas dañinas. Y lo decimos, porque no es cierto que el pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo viviese los últimos años de su vida, donde el Instituto Andaluz del Flamenco ha establecido su sede. Así reza una placa de acero inoxidable fijada a la pared del zaguán de la casona de color almagra claro, que se halla ubicada en el barrio de Santa Cruz, frente al convento de las Teresas, en cuya fachada predica un óvalo metálico que es la Casa Museo de Murillo. En caso de que lo hubiese sido, que no lo fue, debió serlo un único año. No todos los últimos de su vida.

“Fachada de la vivienda en el barrio de Santa Cruz en cuya placa se asegura que fue 
la casa de Murillo. Julio Mayo sostiene que hay documentación que desmiente 
que el pintor sevillano pasara allí los últimos años de su vida”. Foto: ABC.


En el Padrón de las personas que han de cumplir con el precepto de la confesión y comunión en esta Parroquia de Santa Cruz del año 1682, figura afincado en la casa número 3 de la calle entonces denominada de la Puerta pequeña. Junto a él se encontraban avecindados, su hijo Gaspar, en aquel momento clérigo menor aunque luego llegó a ser canónigo, una tal Ana María y un tal José Cano, probablemente personal del propio servicio doméstico. De los cinco hijos y cuatro hijas que había tenido, sobrevivieron pocos. Con él, nada más, se encontraba don Gaspar, pues una de sus hijas había ingresado como monja en el convento sevillano de Madre de Dios. Murillo tenía 65 años y era viudo desde hacía más de veinte. Y aunque se desconoce la causa por la que alcanzó el privilegio de alojarse en esta morada, adyacente a la iglesia filial de la catedral, demolida y trasladada a la calle Mateos Gago en el transcurso del siglo XIX, es muy posible que este paradero reuniera las mejores condiciones para su retiro, después de la gran caída que sufrió pintando un lienzo para la iglesia de los Capuchinos de Cádiz, un año antes, en 1681.  No se sabe si el accidente se perpetró aquí en su estudio, o allí en la bahía. Lo cierto es que, tras el golpe, optó por regresar a la collación de uno de los principales centros de su vida mística y espiritual.

Registro del padrón del inmueble núm. 3 de la calle Puerta pequeña. 
“Documentación aportada por Julio Mayo Rodríguez”


La relación estrecha del clan familiar de los Murillos con la institución eclesiástica –pues su primo hermano Bartolomé Pérez Ortiz llegó a ser canónigo y algunos otros tíos suyos fueron frailes dominicos, como fray Bartolomé Murillo–, y los notabilísimos trabajos que el maestro realizó para la catedral, pudieron haber influenciado en las facilidades que los dirigentes clericales le brindaron para instalarse en el barrio preferido para residir por los curas y prebendados de la catedral. Sus calles estrechas, abrigadas por la muralla que va hacia el Alcázar, deparaban un recogimiento mucho más propicio que el inquietante bullicio de otros lugares transitados de aquella populosa Sevilla. Así lo demuestra el hecho de que, en el entorno de sus callejas, se instalase el hospital destinado a acoger a los sacerdotes ya ancianos y venerables. No perdamos de vista que el máximo responsable del cuidado y mantenimiento de los cuatro templos que auxiliaban a la catedral (San Roque, San Bartolomé, Santa María la Blanca y Santa Cruz) fue, entre 1655 y 1682, el canónigo Justino de Neve, amigo personal suyo y promotor de importantes proyectos artísticos.

Murillo y su familia, que habían mantenido una gran relación con Santa Cruz, como feligreses entre 1659 y 1662, vivieron luego casi dos décadas en la calle San Jerónimo, de la parroquia de San Bartolomé. Estando empadronado allí, pintó los cuatro lienzos del hospicio de los Venerables en 1678.

Su funeral se ofició, el 4 de abril de 1682, en la iglesia de Santa Cruz. Según la anotación de su partida de defunción, se enterró en uno de los cañones de bóveda propios de la fábrica, sin más ostentación. Cuentan las crónicas que el sepelio constituyó todo un acontecimiento popular y que portaron su féretro dos marqueses y cuatro caballeros de órdenes militares.

Documento extraído del Libro de defunción núm. 2 (1679-1750) del archivo parroquial de Santa Cruz de Sevilla. “Documentación aportada por Julio Mayo Rodríguez”


Confusiones sobre el domicilio
Fue el cronista sevillano Félix González de León quien engendró el equívoco, en 1839, al publicar que Murillo vivió los últimos años de su vida y murió en una casa de la calle Santa Teresa, que se encontraba justamente enfrente del convento de las monjas carmelitas, en el libro Noticia del origen de los nombres de las calles de Sevilla. Apoya su tesis en unos apuntes de su propio abuelo, que decían así: «El día 3 de abril de 1682 murió en la casa que está enfrente de las monjas Teresas el famoso pintor don Bartolomé Esteban Murillo. Este pintor fue íntimo amigo de mi abuelo –tatarabuelo del historiador–, por lo que le pintó y regaló el retrato de mi abuela que está en el comedor». De este modo, González de León, rebatió la propuesta planteada por el viajero romántico Richard Ford unos años antes, en 1831. Este escritor inglés, señalaba como vivienda una de la casa de los Alfaros, en la plaza del mismo nombre, que hacía esquina con la actual del Agua. Difundió hasta un dibujo de ella. A partir de entonces, el deán López Cepero, Amador de los Ríos y Gómez Aceves, insistieron en catalogar el palacete de los Alfaro como el lugar donde había fallecido Murillo. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, los académicos de Bellas Artes y otros intelectuales románticos, como Tubino y Reinoso, concluyen que la casa está en la plaza de Alfaro, pero en la acera que colinda con la plaza de Santa Cruz. Esta propuesta la difundió también el pintor argentino José Miguel Torre Revello, quien copió el texto de una lápida de mármol que se instaló en el número dos de la plaza de Alfaro. Aunque parecía un hogar demasiado humilde y algo reducido, Santiago Montoto consideró, ya en el siglo XX, como buena la nueva designación del espacio en el que pudiera haberle llegado el óbito.

Pero hace escasas décadas, el profesor Diego Angulo Íñiguez recobró aquella sugerencia iniciática de González de León, que señalaba la casa frontera al convento de las Teresas como emplazamiento de su expiración. El eminente historiador del arte, expresa, en el primer tomo de su estudio sobre Murillo, que ambas teorías son conciliables porque pudo haber fallecido en esta casa aunque no hubiese vivido en ella. La publicación de este voluminoso trabajo, en 1981, a solo un año de la celebración del III Centenario de la defunción de Murillo (1682-1982), colmó de argumentos a la Junta de Andalucía para centralizar en este inmueble, de la calle Santa Teresa, buena parte de las actividades de la efeméride, después de haberlo adquirido en 1972.


Nuevas revelaciones documentales
Antes de que la iglesia de Santa Cruz fuese derribada en las primeras décadas del siglo XIX, su puerta principal se abría hacia la calle Santa Teresa. A partir de ella se articulaba un cuerpo de naves, extendido desde el acerado del consulado de Francia hasta el de las murallas que buscan el Alcázar, aunque sin llegar del todo a aquel extremo. En la parte más oriental de la plaza, hacia el borde de la glorieta ajardinada donde está la cruz de forja, se alineaban la torre y una cupulita que cubría el ábside y el presbiterio, según muestra el plano de la ciudad mandado hacer por Pablo de Olavide en 1771. En este mismo documento cartográfico, se comprueba que el templo estaba rodeado por un carril con salidas hacia la calle Mezquita y plaza de Alfaro, respectivamente. Pero además, desvela que por el lateral de la iglesia discurría una callecita estrecha que comunicaba la calle de Santa Teresa con la plaza de Alfaro. La misma que los padrones llaman de la Puerta pequeña o Puerta chica, en razón del portoncillo que se abría hacia ella desde la iglesia.

Con el objeto de esclarecer qué calle fue aquella de la Puerta chica en la que habitó Murillo, hemos cotejado minuciosamente numerosos libros padrones del archivo parroquial de Santa Cruz. La consulta sistemática de estos censos, de manera secuenciada, nos permite reconstruir la evolución del nomenclátor de la calle y su parcelación inmobiliaria. En los siglos XVII y XVIII mantuvo prácticamente el mismo nombre. De Puerta pequeña, pasó a referenciarse como Puerta chica.

Es en el año 1800 cuando aparece asentado un nuevo nombre para la vía: calle de Santa Cruz. Curiosamente el mismo que posee, signado ya, en un padrón militar del Archivo municipal, fechado en 1714. Desde las últimas décadas del siglo XVII, eran tres casas las que integraban la referida calle de la Puerta chica. La primera de ellas estaba dentro de la propia iglesia y las demás en el corto tramo de la calleja. Los padrones de inicios del siglo XIX, cuando la iglesia ocupaba aún gran parte de la plaza y no había sido demolida, registran todavía anotados los mismos tres inmuebles que enuncia el padrón de 1682, cuando falleció Murillo, con la particularidad de que los sitúa, lógicamente, en la calle de Santa Cruz, pero separándolos claramente de los descritos en la «Plazuela de Alfaro» y «Callejón de Alfaro». Se comprueba así que el artista, antes de fallecer, no ocupó ningún inmueble de la calle de Santa Teresa ni de la plaza de los Alfaros.

Murillo vivió dentro del mismo inmueble que ocuparían años después otros sacerdotes emblemáticos de Santa Cruz. Francisco de Paula Baquero, Cartaya del Barco y hasta el propio Félix José Reinoso, se domiciliaron en esta misma casa que pertenecía a la propiedad del cabildo catedralicio, tal como testimonian diversos documentos del Archivo de la catedral y el propio Padrón de fincas urbanas de 1795, localizado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Este documento urbanístico nos ha servido de igual modo para acreditar que la casa ocupada por Murillo, en 1682, tuvo que hallarse enclavada en la manzana de casas del tablado flamenco de Los Gallos, formada entre las plazas de Santa Cruz y Alfaro. Su casa estaba muy cerca de la que muestra ahora, en su fachada, las letras de bronce puestas por la Academia de Bellas Artes el año 1858, en recuerdo de su enterramiento en la iglesia destruida de Santa Cruz.


Autoretrato de Bartolomé Esteban Murillo
 (Sevilla, 1617 – 3 de abril de 1682)


Al final, pasará como en Madrid. La Administración reunió a tropecientos arqueólogos para que sondeasen el paradero de los huesos de Cervantes en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas, mientras que la búsqueda de la exhumación en legajos se la encomendó solo a un historiador. Pero con una limitación. Que lo hiciera en dos días. Antes de que el Ayuntamiento sevillano hubiese designado el edificio de la calle de Santa Teresa como centro oficial para acoger los actos del IV centenario del nacimiento de Murillo (1617-2017) –van y eligen donde dicen que falleció–; lo lógico es que, con anterioridad, hubiese promovido un trabajo serio de investigación documental que ratificase, o descartase, si ciertamente el genio llegó a vivir tantos años en este palacio de la Junta de Andalucía. Este tratamiento no lo merece uno de los máximos exponentes de la pintura barroca del Siglo de Oro español, que tuvo la habilidad de colmar, a un mismo tiempo, las apetencias de las élites y el pueblo llano, al que conquistó profundamente, quien por excelencia y aclamación popular es el Pintor de Sevilla.

(*) JULIO MAYO ES HISTORIADOR

Restaurante El Pájaro, en Los Palacios y Villafranca


El Restaurante el Pájaro, situado en la margen derecha de la N-IV a la salida de Los Palacios y Villafranca, abrió sus puertas de la mano de Juan González Romero y su esposa Isabel Sánchez Mulero en Marzo de 1974 y las cerró el 20 de abril del año 2003, Domingo de Resurrección.

Vista desde lo alto de las instalaciones del Restaurante el Pájaro.
Foto cedida a Searus por Rosa María González Sánchez


El restaurante sirvió durante años de parada y descanso de camioneros que hacían la ruta de la N-IV, lugar de celebraciones de bodas, bautizos y comuniones de muchos vecinos del pueblo, etc. Rivalizó, sanamente, en los años 80 y 90 con la “Viña Sevillana” de Pedro Diéguez y “La Gran Ruta”. Con sana guasa había quienes decían que Pedro Diéguez había comprado una escopeta para poder espantar al pájaro…

Restaurante Venta  “La Viña”, Casa Pedro.
Año: 2017. Foto: A.C. Searus

Restaurante “La Gran Ruta”.
Año: 2017. Foto: A. C. Searus

Restaurante “El Pájaro”. Foto: Roque.
Publicada en la revista de Feria de Los Palacios y Villafranca,
año 1976, cedida a Searus por José Hidalgo Fernández.

Algunos amigos de Facebook  aún evocan el rico “tapeo” y “platos”, en general, que ofrecía el restaurante a sus clientes. En la publicidad que aparece en la revista de Feria del año 1976 se indicaba que la especialidad de la Casa era “Paella y Pájaro a la Cazuela”.

Publicidad de “El Pájaro”, publicada en la Revista de Feria de 1976

Barra del Restaurante. Foto de la Revista de Feria de Los Palacios y Vfca., 1976.
 Imagen Cedida a Searus por José Hidalgo Fernández.

Recordemos también los veladores y sillas de metal, color naranja, con publicidad de la bebida refrescante del momento (Mirinda) que poblaban la terraza y daban colorido al emplazamiento. Lugar donde se veían, los domingos y días festivos, numerosas familias acompañadas de sus pequeños, disfrutando del sitio, de la merienda y columpios, los únicos existentes en el pueblo. Los camareros con un poquitín de guasa e irónicamente solían preguntar a los padres de los pequeños que jugaban en los columpios aquello de…¿El niño ha Mirindao ya?. El paseo de la N-IV hasta el restaurante “El Pájaro” fue tan concurrido que llegó a denominarse, en el pueblo, “La Ruta de la Mirinda”.

Velador de hierro. Foto: Internet


La primera máquina automática de lavado de coches que se instaló en Los Palacios y Villafranca se encontraba en “El Pájaro”. Fue muy usada por los vecinos del pueblo, atraídos por la novedad y adelanto que suponía en la técnica del lavado de automóviles. Era  un auténtico show permanecer dentro del coche y ver caer los chorros de agua y estamparse los rulos sobre los cristales del vehículo, sobre todo cuando nunca antes se había experimentado dicha sensación…

Llavero con logotipo.
Foto de Joaquín Fernández cedida a Searus

Una de las fuentes de ingresos, novedosas, que tuvo del restaurante fue propiciada por el enorme número de autobuses repletos de personas que se dirigían a El Palmar de Troya y paraban en “El Pájaro”. El Palmar fue un lugar, en aquellos años, muy visitado debido a las supuestas apariciones de la Virgen María en la finca de la Alcaparrosa y por el agua de un pozo, de la zona, que según se comentaba era milagrosa y curativa.


El Restaurante El Pájaro cerraría sus puertas el 20 de abril del año 2003, Domingo de Resurrección. Su último servicio, especial, fue ofrecido a la Hermandad de La Borriquita de Los Palacios y Villafranca.
Es costumbre en la Hermandad de la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén, San Juan de la Palma y Nuestra Señora de los Ángeles de Los Palacios y Villafranca desde su fundación, año 1974, ofrecer un almuerzo de confraternidad a las cuadrillas de costaleros y sus familiares. En el mencionado día, además de compartir mesa y mantel, se procede a bautizar a los nuevos costaleros y reconocer a los hermanos que celebran cinco, diez, quince o más años en las trabajaderas.

Salón comedor y de celebraciones.
Foto cedida a Searus por Rosa María González

Salón comedor y de celebraciones.
Foto cedida a Searus por Rosa María González


Se dio la circunstancia que en 2003 no se encontró restaurante donde poder realizar las actividades mencionadas. No obstante, José Fernández Hidalgo tuvo la feliz idea de proponer a los propietarios del Restaurante El Pájaro, vecinos y amigos personales de sus padres, la posibilidad de celebrar el almuerzo de convivencia de la Hermandad de La Borriquita en las instalaciones que iban a ser clausuradas, a lo que Isabel Sánchez  (viuda de Juan González) y sus hijos y yernos accedieron encantados a abriéndoles las puertas del local.
El último menú que se sirvió en el restaurante consistió en “Aliño, chacinas variadas, paella y sopa de tomate” y fue ofrecido a la Hermandad de La Borriquita de Los Palacios y Villafranca.

En la imagen observamos como José Hidalgo Fernández y Miguel Bernal Basco, Hermano Mayor de La Borriquita, se dirigen a los  presentes momentos previos a la comida convivencia.

Momentos antes de la comida convivencia.
20 de abril de 2013. Foto cedida a Searus por José Hidalgo Fernández


Cerrado el negocio, el mobiliario de mesas, sillas, armarios y utensilios de menaje de cocina, cubiertos, manteles, etc. fue vendido a vecinos de Los Palacios y Villafranca. Así ocurrió con Asunción Fenández Muñoz, madre de José Hidalgo Fernández, que adquirió seis sillas del comedor del restaurante al precio de nueve euros cada una y aún las conserva en el salón de su casa.

Silla del Restaurante “El Pájaro”.
Foto: José  Hidalgo Fernández cedida a Searus


Ahora solo nos quedan los recuerdos del Restaurante El Pájaro y el solar donde se ubicó…

Solar situado a la salida del pueblo,margen derecha 
de la antigua N-IV dirección Sevilla. Foto: M. Sánchez Martín.


M. Sánchez Martín, febrero de 2017



BIBLIOGRAFÍA.

1.-Fotos y documentación: José Hidalgo Fernández.
2.-Fotos y documentación: Rosa María González Sánchez.
3.-Foto: Joaquín Fernández.
4.-Fotos: M. Sánchez Martín.


Portal de Belén de Antonio Estévez Moreno, Navidad-2016


Antonio Estévez Moreno, pintor de Los Palacios y Villafranca, al igual que otras familias del pueblo, un año más, monta su Belén el ocho de diciembre. Su Portal no está inscrito en la lista de Belenes visitables del pueblo, pero no por ello desmerece a los que sí… En el Belén de Antonio los distintos pasajes y escenas, montadas con esmero y cariño, están realizadas con figuras hechas por él de forma artesanal. Cada año Antonio modifica la situación de los personajes y decoración de su particular Portal, tradición que heredó de sus padres. Al igual que en la Navidad del 2015, nos ha hecho llegar las fotos e imágenes que ahora les presentamos…


 




















 VIDEO DEL PORTAL DE BELÉN DE ANTONIO ESTÉVEZ MORENO





IMÁGENES PUBLICADAS EN YOUTUBE










Capítulo-0: Historias y recuerdos de "The Barking", grupo pop rock de Los Palacios y Villafranca

ASÍ COMENZÓ TODO…

Febrero de 1968. De izquierda a derecha: Manuel Rueda, Paco Moral, José Martín (“Panete”),
Enrique Domínguez y Antonio Capellán. Foto cedida por Manuel Rueda


                Manuel Rueda, a los 15 años, compró por 350 pesetas un laúd a Emilio el “Canario”, sin saber tocarlo. Ahí empezaría todo…
Mucho le costó adquirir aquel laúd…Dando la “tardeá” en el campo de su tía María después de cumplir con la “peoná” en la construcción, donde trabajaba de peón de albañil con su padre y ahorrando.

“Juan Palito” y “Manuel Cerrada” tenían una peña musical en el nº 24 del Barrio Dulce (calle Miguel Hernández), donde se reunían y tocaban diversos compases y canciones con bandurrias y laudes. En esa asociación Manuel empezó a tocar el instrumento que con tanto esfuerzo había comprado. Más tarde, con 17 años, su padre (José Bernal Pérez, conocido como Manolo Rueda) le regaló una armónica, que tampoco sabía tocar…


En el verano de 1961 en la terraza de El Desembarco actuó el grupo musical de Bellavista “Los Soñadores”. El sonido de las guitarras eléctricas dejaría cautivado a Manuel Rueda. A partir de ese día la obsesión que invadió el pensamiento de nuestro joven músico fue conseguir una de aquellas maravillas eléctricas.

Los Soñadores. Imagen tomada de lafonoteca.net

Nuevamente el ahorro y la constancia fueron, desde ese día, compañeros de viaje de Manuel…Hasta la última peseta que caía en sus manos era apartada de la circulación y guardada con esmero para lograr el propósito de comprar una guitarra eléctrica. Prueba de ello fueron las privaciones a las que de forma concienzuda se sometió, dejando de acudir al cine, una de las pocas distracciones que existían en aquellos años en el pueblo o de salir con los amigos.

En diciembre de 1962 su padre le dio 500 pesetas y su madre (Ana Galván Laínez) otras 500 pesetas, logrando de esa manera reunir las 3.360 pesetas que le costó la guitarra que adquirió en Sevilla y que sería la primera guitarra eléctrica comprada por un palaciego.

Manuel Rueda y la guitarra adquirida.
Primavera de 1963. Foto: Manuel Rueda.

La peña de “Juan Palito” cambió de ubicación, situándose en la calle Blas Infante, donde actualmente hay una hamburguesería (MAC Burger). En aquella peña fue donde Manuel Rueda escuchó por primera vez el sonido de su guitarra conectada a una radio, por carecer de amplificadores.

Calle Blas Infante, antigua Charco.
Lugar donde estuvbo ubicada la Peña de "Juan Palito"

Guillermo Distinguido, que diariamente pasaba por la peña, animaba a Manuel a formar un dúo, aunque la idea no llegaría a cuajar.

Un año más tarde Antonio Capellán compró una guitarra eléctrica y comenzaron a tocar juntos. En la foto que aparece bajo estas líneas se realizó el día que Antonio enseña a Manuel la guitarra que recién adquirida.

Antonio Capellán y Manuel Rueda.
Año 1963. Foto: Manuel Rueda.


Manuel Rueda se marcha al Servicio Militar en julio de 1965, circunstancia que aprovecha el hijo del secretario del Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca para pedirle prestada la guitarra, con el pretexto de formar un grupo entre varios amigos. Manuel se negó rotundamente, aludiendo que le había costado mucho sudor y esfuerzo y que si él quería disfrutar y hacer uso de una guitarra, se la debería comprar su familia que tenía medios para ello.

Finalizado el Servicio Militar, agosto de 1966,  Manuel comenzó a madurar junto a su amigo Antonio Capellán la idea de crear un conjunto. Pero se topaban con algunos inconvenientes como fue la falta de dinero y encontrar otros miembros para el grupo.

Manuel Rueda, Antonio Capellán, Paco Moral y Enrique Domínguez, mientras jugaban al billar en el antiguo Salón Recreativo situado en la calle Charco (Blas Infante) junto al estanco Baliño, elucubraban sobre las guitarras de Manuel y Antonio y el uso que podían hacer de ellas. Enrique siempre tuvo en mente adquirir una y a Paco le encantaba tocar la batería. “El Panete” (José Martín Molina) que jugaba en una mesa contigua a la de los cuatro amigos, al oír la conversación, se uniría al grupo ya que a él también le encantaba tocar la batería. Con estas ilusiones empezaría a germinar la idea de la formación de un grupo de música, que en un primer momento llamaron “The Barclay”.

Lugar donde estuvo ubicado
el antiguo Salón Recreativo

El mencionado nombre fue propuesto por  “El Panete”, que lo había tomado de una serie de televisión de éxito en aquellos años. No obstante, Antonio y Manuel no muy convencidos buscaron en un diccionario de inglés-español otra denominación  para el grupo y encontraron la palabra “The Barking” (Ladrido), quedando rebautizado el conjunto con el mencionado nombre en noviembre de 1967.

Febrero de 1968. De izquierda a derecha: Manuel Rueda, Paco Moral, José Martín (“Panete”),
Enrique Domínguez y Antonio Capellán. Foto cedida por Manuel Rueda

A la derecha Paco Moral, arriba Manuel Rueda, abajo Enrique Domínguez;
 a la izquierda Antonio Capellán. The Barking, 1968. Foto cedida por Manuel Rueda.


Antonio, Paco y Enrique fabricaban lozas de cemento hidráulico en “Almacenes Benítez”. Para adquirir los instrumentos musicales que necesitaban solicitaron un anticipo de sus sueldos al dueño del polvero, pero éste les negó los adelantos alegando que para música no concedía anticipos. Por tanto, no vieron otra forma que no fuese ahorrar para poder adquirir los instrumentos que necesitaban.

A mediados de septiembre de 1967, cuando habían logrado reunir cerca de seis o siete mil pesetas, acudieron a la sevillana tienda de “Viuda de Ramón Delclós”, situada en la calle Méndez Núñez, 19. Pensaban, en un primer momento, adquirir dos amplificadores y una batería, aunque el precio de dicho material ascendía a 24.000 pesetas, dinero que aún no tenían. No obstante, el encargado de la tienda les propondría previa consulta con la dueña del establecimiento firmar letras para poder comprar los instrumentos.

El acuerdo alcanzado consistió en la firma de varias letras que la empresa “Viuda de Ramón Delclós” debía envair al banco a principio de cada mes, aunque si en algún momento no se pudiera hacer frente a las mismas, Manuel Rueda quedó en que avisaría con antelación suficiente para que no fuesen devueltas. Afortunadamente no se retornó ninguna letra, saldándose la deuda de forma satisfactoria y en el tiempo convenido. Esta circunstancia ayudaría, años más tarde, a que The Barking adquiriese en el mismo establecimiento instrumentos, materiales y aparatos que les hubiese sido imposible conseguir sin dinero en efectivo.

De izquierda a derecha, arriba: Juan José “Peseta”(amigo del grupo), Guillermo “Distinguido” y Enrique Domínguez. Agachados de izquierda a derecha: Manuel Rueda y Paco Moral. Foto realizada en casa Lemos en el año 1968. Foto cedida por Manuel Rueda.

Fotos, documentación, asesoramiento y recuerdos de Manuel Rueda.

M. Sánchez Martín, Asociación Cultural Searus, noviembre de 2016.

¿De quién es la Virgen de Consolación de Utrera?

¿DE QUIÉN ES LA VIRGEN DE CONSOLACIÓN DE UTRERA?

JULIO MAYO

Varias cartas, fechadas entre 1841 y 1845, de la serie documental de los Asuntos Despachados del Archivo arzobispal de Sevilla, arrojan una serie de claves muy sugerentes respecto a la propiedad de Nuestra Señora de Consolación, en las que se discute si la imagen correspondía a la institución eclesiástica, en medio de la disputa que mantuvieron los miembros de su hermandad con el clero parroquial de Santa María de la Mesa –histórica collación de la que depende–, a cuenta de la colecturía de misas y limosnas que se recaudaban en la festividad principal de la Virgen, cada 8 de septiembre. Se suscitaba así la eterna lucha encubierta entre el clero secular y, en este caso, la hermandad de la Virgen por controlar el culto de una imagen de gran devoción, que propicia una considerable fuente de ingreso económico.

Es el propio hermano mayor, don Joaquín Giráldez, quien se dirige entonces al ministro de la Gobernación para manifestar que, después de que los frailes Mínimos fuesen expulsados definitivamente del convento, y quedasen confiscados todos los bienes de la comunidad religiosa por el Estado, el templo de la patrona de Utrera había quedado prácticamente abandonado, como la mayor parte de todos los que se hallaban a las afueras de las poblaciones. Pese a que la hermandad se había hecho cargo de su mantenimiento y el culto a la Virgen, el devoto Giráldez se quejaba de que el clero local se había adjudicado la pertenencia de la imagen, después de la marcha de los monjes. Argumenta en su escrito el hermano mayor que la apropiación se había producido a causa de una circunstancia sobrevenida, provocada excepcionalmente por los dictámenes gubernamentales y que, por tanto, los derechos de propiedad de la misma habían pasado a manos del ordinario eclesiástico de modo accidental.

Foto de Pepe Florido


Devoción de arraigo popular
El caso es que la Virgen de Consolación, después de que los religiosos abandonasen el santuario en 1835, nunca llegó a trasladarse al templo parroquial de Santa María. No recogían las leyes desamortizadoras, en ningún caso, que las tallas pasasen a la parroquia en la que hubiese estado enclavado el convento. Y sí disponían, sin embargo, que se quedasen abiertos este tipo de templos, «necesarios para la comodidad y pasto espiritual», como el utrerano, en los que residía una devoción de arraigo popular.

En el mes de agosto de 1842, se erigió precisamente una nueva hermandad bajo el título de Consolación, para canalizar la enorme devoción que aún continuaba profesándosele a la imagen, pese a que el gobierno ilustrado de Carlos III hubiese ordenado suspenderla, después de que prohibiese la celebración de la romería y procesión, por ejercitarse en ellas prácticas irrespetuosas (1771). No se trató de una extinción de la hermandad por decrecimiento del culto, sino que esta fue forzosamente suspendida como consecuencia de una exagerada medida represora, impuesta desde la Corona, sin posibilidad ninguna de reanudar su actividad hasta que la autoridad civil le facilitó, en aquellos años centrales del siglo XIX, una cierta cobertura legal mediante la aprobación de sus nuevas reglas.

Pero el misterio radica quizá, en saber interpretar adecuadamente el principio de este riquísimo fenómeno devocional. Así narra el erudito utrerano Rodrigo Caro, en su libro sobre el Santuario de Nuestra Señora de Consolación, publicado en 1622, la llegada de la Virgen: «En el año 1507, una mujer vecina de Sevilla, tenía consigo esta venerable imagen. Después de una epidemia de peste determinó venirse a Utrera, donde tenía una hija viviendo que se decía Marina Ruiz». Años más tarde, al hacerse mayor esta utrerana llevó la talla «al emparedamiento del Antigua», de donde pasó al poco tiempo a la ermita de los monjes, establecida en el camino de los espiritistas, muy cerca del actual santuario.

Nos enseña la historia de Consolación que aquella imagen, ofrecida por una señora particular, se llevó después al extrarradio del pueblo, lejos del templo parroquial, donde creció su prestigio y fama como imagen milagrosa, sin que su origen guarde relación ninguna con Santa María, para cuya iglesia ni fue hecha ni donada. De hecho, cuando a finales del mes de marzo de 1561 se hicieron cargo de la ermita los frailes Mínimos, y se protocoló ante notario el inventario de los bienes, figura asentada en la relación que hemos consultado la imagen de Nuestra Señora de Consolación. Es cierto que los derechos de la colecturía los percibía la parroquia. Pero su clerecía, como mucho, limitó siempre sus funciones a vigilar el uso digno de una representación sagrada de la Virgen María, sin que nunca interfiriera sobre las donaciones que recibían los Mínimos ni en el adorno de la efigie, como lo pone de manifiesto el hecho de que el barquito de oro lo donase, a los propios monjes, Rodrigo de Salinas en 1579, y no a la parroquial. En el pasado, la Iglesia no mostró tampoco mucha preocupación sobre la cuestión jurídica de la propiedad de la imagen, pues su interés radicaba más bien en la administración de un bien espiritual, y no en el de una talla física. 


Y porque nadie como Ella ha sabido llenar de espiritualidad mariana, y ocupar los espacios del alma de esta tierra purísima, sus hijos lucharon desde muy antiguo por acogerse bajo la protección de su Madre y Reina. Casi una década antes de que concluyera aquel floreciente siglo XVI, el ayuntamiento la había nombrado ya patrona de la localidad, aunque no se conserva el acta de la proclamación. Conocemos la noticia por otros documentos del propio Archivo municipal y los testimonios escritos del mismo Rodrigo Caro. El pueblo la hizo suya a base de amor, porque en su intermediación encontró soluciones a tantos conflictos, adversidades y fatalidades, que acabó hermanando el bello título de la advocación con su identidad misma, que en definitiva es su propia pertenencia. Razón esta por la que, desde hace ya varios siglos, Consolación es patrimonio del pueblo de Utrera.


JULIO MAYO ES HISTORIADOR
Y AUTOR DE NUMEROSOS ESTUDIOS
SOBRE CONSOLACIÓN DE UTRERA



Trabajo publicado en el blog de la Asociación Cultural Searus con la autorización de Julio Mayo. Artículo publicado el 8 de septiembre de 2016 en el diario ABC de Sevilla.