Premios Searus 2000-XXIII Certamen de Poesía

PREMIOS SEARUS 2000
XXIII Certamen de Poesía

Año de Edición: 2001
Portada e Ilustraciones: José Gómez Moral
Prólogo: María Sanz
Poetas:
J. Antonio Ramírez Lozano
Jerónimo Calero Calero


PRÓLOGO

          Avanzado los días del otoño, en esta Casa de Cultura de Los Palacios tiene lugar el renovado evento del Certamen de Poesía “Searus”, un encuentro siempre gratificante entre los premiados y el público, con la labor intermedia de mantenerlo, y que me honra ejercer en esta convocatoria. Son veintitrés años de confianza en la creación poética, de apuesta por el valor del verso, en una época como la actual, de escasa repercusión lírica. Todos sabemos lo meritorio que resulta hoy apoyar una labor creativa de semejante naturaleza, en la que siempre subyace un íntimo deseo: conseguir la simbiosis entre cuerpo y alma, entre materia y espíritu, entre sueño y realidad. Así, la poesía, máximo exponente de dicha labor, inflama a quien persigue sus efectos, lo eleva hasta las más ignotas regiones de lo invisible para, finalmente, obligarle a descender cuando las palabras se posan en el espejo de un papel cualquiera, reflejándose en vivencias transformadas a mayor consuelo del solitario que las contempla escritas.
          Ya Carlos Bousoño, en su “Teoría de la expresión poética” nos da unas razones sobre el personaje creador, que “debe responder de la vida, hacerse cargo de sus líneas de fuerza sustanciales, aquellas que sostienen el cuerpo entero de ese vivir”. Meditando sobre esa teoría, hay que alegar que de nada sirven las excusas para no acudir a la llamada inspiradora, a la complicidad del verbo. Una simple estrofa puede hacernos pensar con alguien comprometido con el más allá de su propia realidad, sin que se vea por ello menos cercano en relación al resto de los hombres. El poeta debe convencerse de que lo que es cada vez que se encuentra a sí mismo por medio de la palabra, y este proyecto de vida abarca no sólo la escritura, sino también el hallazgo de un territorio pluridimensional en el que desarrollarse, compuesto de elementos como la belleza, la masculinidad, el paisaje o el silencio, el cual puede estar a la vista de muchos, pero habitado solamente por unos pocos. Y es este espacio íntimo el que dota de amplitud el complejo horizonte del escritor, ser humano al fin y al cabo, sobre cuyo caminar dice un viejo libro indio: “Donde quiera que el hombre pone la palabra, pisa siempre cien senderos”.
          Y por el itinerario de la poesía nos encontramos a los dos autores premiados, extremeño y manchego, respectivamente, que ejercen la creación con excelente dominio. Ellos vienen a engrosar la ya extensa y cualificada nómina de poetas que han visto recompensada aquí algunas muestras de su obra.
          Jerónimo Calero presenta un “Tragado de geometría”. Tiempo, sed, amor y ansia aparecen como coordenadas que determinan su posición en estos puntos existenciales, cuya referencia podrían se los versos citados en el primer poema:
         
          “ A veces falta vida para vivir el tiempo,
          a veces, falta tiempo para vivir la vida”.

          La diversa geometría responde a una manera de ir trazando las experiencias, dentro de un marco formal que constituye el mundo del autor, cuya delineación hace valer un ideal artístico ya fundamentado en la opinión del lingüista Amado Alonso, cuando en su obra “Materia y forma en poesía” dice: “En el lenguaje de la creación poética nada es adorno ni añadido; todo es expresión del sentir, movimiento del alma transmitido al organismo y a la materia como estética regulación”.
          Para componer su tratado, nuestro escritor elige un fondo azul con sinfonías y latidos, el agua consoladora en el camino, la caricia sobre el rostro deseado o el encuentro con la propia esperanza. Cuatro escenarios y cuatro poemas, unos dentro de otros, fundidos en la sola necesidad de ser escritos. Cada elemento, en la medida de su extensión, llega a contener a los demás, sintetizándolos y apropiándose de espacios vitales aunque no estén ubicados en el mismo plano. Jerónimo Calero intenta, y lo consigue, proyectar sobre sí mimo todas esas imágenes que la existencia le muestra sin reparos, quedándose a solas con todo cuanto una huella, un camino, un aliento, una razón. Así, esa geometría versificada fluye y se solidifica, en un continuo descenso a la realidad que, después de los sueños, sigue convirtiendo en hombre al poeta.
          José Antonio Ramírez Lozano ha obtenido el primer premio de este “Searus” 2000. Nacido en Nogales (Badajoz), y licenciado en Filología por la Universidad de Sevilla, reside en esta ciudad donde ejerce como profesor de Lengua y Literatura. Su obra combina la lírica con la narrativa, modalidades en las que ha sido galardonado en numerosas ocasiones.
          De sus publicaciones, hay que citar hasta la fecha en el apartado lírico títulos como “Bestiario de cabildo”, “Bolero”, “Memento”, “Agua de Sevilla” y “Santos llovidos del cielo”, y en el narrativo, “Gárgola”, “La Historia Armilar”, “La derrota de los fabulistas”, “Bata de cola” y “El cuerpo de Maltea”, obras cuyas editoriales se encuentran entre las más importantes de España, como Cátedra, Hiperión, Aguaclara, Libertarias y Algaida.
          Los versos de “Claudicaciones” reflejan la asistencia de José Antonio, como espectador, a su propia obra. Buscan unos motivos, una redención que pueda justificar el por qué de ese eterno retorno que es la humanidad. Hay mucho mérito en combatir el hastío con el poema latente, con ese presentimiento de victoria que ofrece el hallazgo de la palabra adecuada, una íntima satisfacción reservada sólo algunos. Pero las fuerzas ocultas no cejan en su empeño; revisten el tiempo aún por transcurrir, y el poeta siente que claudicar no es la solución, sino escribir ese poema definitivo que siempre está en el aire, inasible, pero cada vez más cerca de rendirse a su autor. José Antonio nos dice que vivir “suspendido del hilo” de su escritura, al expresar:
          “Sé que este es mi triunfo y que es breve, y resisto.
          ¡Oh qué gloria saber que fue eterno este instante”, o como diría Juan Ramón Jiménez, “Presente, porvenir, llama en que sólo / quiero arder…”

          El tiempo, una constante para todo creador, no aparece en este poema como algo que se pierde, sino todo lo contrario. El mismo afán de perpetuarse conlleva al poeta a darse por entero, agotándose en lo que sería no renunciar a lo más puro, a la esencia misma de la intemporalidad. Así se pronunciaba ya antes Unamuno sobre este tema: “El que anhela no morir nunca es porque lo merece, o más bien, sólo anhela la eternidad personal el que la lleva ya dentro”.
          Esta lucha por la supervivencia a través de la poesía queda perfectamente puesta en relieve en cada estrofa de “Claudicaciones”, poema que es sólo una muestra de la firme creatividad de José Antonio Ramírez, de quien hay que decir, tras un conocimiento profundo de su obra, aquello que Borges dijo de Quevedo, que más que un autor es una literatura. Leer a este poeta y novelista, tan ampliamente reconocido en ambas facetas, es compartir con él ese ansia de quedarse en todo y en todos, y es despejar las dudas con su palabra sincera, con su energía poética, tan plena, que a nadie deja indiferente.
          Termino mostrando mi agradecimiento a este Ayuntamiento de Los Palacios por haberme nombrado mantenedora del premio Searus 2000, y mi deseo de que la poesía sea siempre un vínculo fundamental entre todos.

María Sanz
Noviembre 2000

Premios Searus 1999-XXII Certamen de Poesía


PREMIOS SEARUS 1999
XXII Certamen de Poesía

Año de Edición: 2000
Portada e Ilustraciones: Encarnación Román Moguer
Prólogo: Andrés Mirón
Poetas:
María Sanz Colchón
José Luis Blanco Garza


PRÓLOGO

          SEARUS es un topónimo romano y un certamen de poesía. Lo primero lo traen las enciclopedias. Lo segundo es, también, un asunto casi arqueológico. ¿O no es acaso una rareza histórica el que un certamen de poesía cumpla saludablemente este otoño la friolera veintidós convocatorias consecutivas? Aquí hay madera, amigos. Aquí se lleva ya esculpido un retablo de consideradas proporciones con figuras que representan parte muy principal de la poesía andaluza de esta hora. Lástima grande que también este cielo se lo perdiera aquel sutil conservador de mocárabes y geranios, el ilustre palaciego Joaquín Romero Murube. Menos mal que en su pueblo, cada noviembre, se consagran para el ritual sagrado de la poesía, convencidos (iba a decir contagiados) como están sus paisanos de que esto de la poesía es un asunto seriamente imprescindible.
          A la nómina de Searus viene este año a sumarse una de las voces femeninas más señeras y finamente impostadas de cuantas ha dado la poesía sevillana de todos los tiempos. Recalco: de todos los tiempos. Alguien la ha etiquetado de “dama de la melancolía”. De acuerdo. Pero no sólo eso.  María Sanz es, también, dama del elegante estoicismo frente a la fugacidad de todo, de fulgores exquisitos, de emociones contenidas, de registros expresivos mesurados y personalísimos, de silencios clamorosos, de sugerentes renuncias, de llamas transcendidas ante la sorpresa de encontrarse en medio de la eternidad y, por supuesto, dama de noche, por ese talante sensual suyo para contemplar y aprehender los primores florales, de los que tan pródiga es la ciudad en la que vive y crea.
          Uno de los cardinales del universo poético de María es, muy precisamente, Sevilla. Y es en torno a ese eje argumental sobre el que giran los poetas premiados en este certamen poético.
          José Luis Blanco Garza es el otro galardonado. Se declara becqueriano. ¿Qué sería de nosotros si no? El poeta se pregunta por su identidad y ésta es la respuesta: “una mota de polvo respondona”. Más que pesimismo existencial, empero, en estas composiciones se advierten cierto excepticismo frente al destino final del hombre y un deseo imperioso de encarar los estragos del tiempo desde la barbacana de la cotidianeidad. A veces asoma la ironía. Y la tristeza. Claro: becqueriano.
          Y volviendo a María, no he conocido un caso de lírica vocación tan acendrada y fervorosa como la suya. Que una chavala como ella tenga ya una obra aclamada con innumerables galardones por toda la geografía nacional y reconocida por la crítica autorizada, es algo ciertamente portentoso.
          A María y a mí nos une una amistad antigua y entrañable. De no ser así, mi admiración –creánme– sería la misma. Y, para más compenetración y por si fuera poco, nosotros tenemos el convencimiento de que, según el polaco Jaroslov Seifert, no hay manera posible de estar en este mundo si no es poéticamente.

Andrés Mirón

Premios Searus 1998-XXI Certamen de Poesía


PREMIOS SEARUS 1998
XXI Certamen de Poesía

Año de Edición: 1999
Portada e Ilustraciones: Mercedes Antequera Gordillo
Prólogo: Marcelino García Velasco
Poetas:
Andrés Mirón Calderón
Santiago Corchete Gonzalo

PRÓLOGO

          Hace un año vine al sur. Y no a los álamos de Sevilla –que más quisiera yo– a ver a mi dulce amiga. Me traían unos versos bárbaros escritos en una tierra sin gracia, mal tenida por varón; pero desnudadla y la veréis lisa y suave como vientre de mujer, porque Castilla sólo es mujer, aunque vieja, aire de arrugas femeninas.
          Mis ojos se llenaron de olivos y naranjos, lomas menudas y verdores, pueblos blancos en las alturas de algún alcor airoso. Y fui olvidando pinos redondos, torres de buen mirar, aunque humildes, ríos lentos y aguas sin presente alborozado.
          Hoy vengo para hablar de poesía, o para ver cómo la noche se llena de poesía en una tierra en la que la poesía crece entre las hierbas del campo o en los yesos de los palacios.
          ¿Qué cantan los poetas andaluces? se preguntaba un día Rafael Alberti.
          ¿Cuántos son los versos andaluces? me preguntó yo. Incontables, como sus olivos.
          Andrés Mirón, que es sevillano como vosotros, esta noche no trae a la lluvia por testigo para cantar de sí mismo. Y Santiago Corchete nos acercará la música del viento para cantarnos de la vida.
          Traería yo todas las espigas de un campo cuajado de silencio, y estallarían ante el verdor insólito de los naranjales.
          Buscaría en los recuerdos palabras para hacerme un hombre de empuje y corazón en alto, y se me vendrían al suelo todas las torres de la infancia –las más altas– porque las torres del Sur se alzan como árboles en busca de los dioses.
          Bajaría hasta el agua de la soledad y toda la tierra del Sur se haría compañera de mi andar sin vuelo.
          Traería a todos los poetas de mi tierra haciéndome camino para endulzar los jazmines de la distancia, y estallaría el horizonte de poetas andaluces serenándome la mirada desde su alegría.
          ¿Penas? ¿Alegría?
          ¿Caras de una moneda?
          Andalucía

          Versos y anchura. Palabra para soñar. Palabras que se hacen versos.
          Sueños que rompen las barreras del mar.
          ¿Cuándo tuve yo conocimiento de Andalucia? Aparte de la canción infantil de la escuela: Andalucía, ocho provincias, que buscadas en el mapa siempre quedaban abajo del todo, y que cruzaban dos ríos de nombre casi igual y que sólo era nombres, palabras sin sentido, a no ser que confluyesen en los colores de un cromo blanco y verde y balompié de Betis.
          Yo supe de esta tierra porque mi padre al afeitarse, y muy por lo bajo por no asustar a los ángeles de los minaretes anónimos, se arrancaba, a palo seco, entre el jabón de La Toja, por soleares o tientos, fandangos –vaya por Dios–  muchas veces, o, mucho más bajo, La Internacional.
          Eso era antes de 1950 año en que en mi casa entró la radio y con ella, además de Gainza, Zarra y Ramallets, abríase la voz sin trampa de Manolo Caracol que ponía corazón en la blancura de la cocina. Y el cante del Sur vino a llenar las noches de un niño hasta aprender, por ejemplo, que Carmona tenía una fuente con catorce o quince caños, que había peines dulces, como el azúcar y árboles de tristeza pegados a la pared.
          Cuando el tiempo se hizo hombre en mi corazón, siempre llegaba a Andalucía de la mano de los poetas, mejor, la mano de los poetas me traía a gozar lo mejor de Andalucía: su poesía.
          Algunos –sin yo quererlo, y, mucho menos, ellos– se me han muerto sin llevarse el sol desde el que alumbraban. Y cito por lo grande: José Luis Tejada, con su brazo en cabestrillo aquella tarde en Arcos, mientas Antonio Hernández, Antoñito –vivo, gracias a Dios– se agachaba para tener su cabeza a la altura del corazón hermano. Y Vicente Aleixandre, que había nacido en el mismo día de abril que yo, pero 38 años antes y que ahora que cumplió los 100 apenas sí los brezos de Miraflores y las jaras y las adelfas del campo andaluz lo han recordado.
          Más tarde Rafael Montesinos, tan bello en lo íntimo, tan hondo en lo sencillo, dejaba a los ojos de todos aquella delicadeza del decir:
                    “Para las tardes claras de Abril,
                    cuando Abril sevilleaba”.

          Y este esplendor de la expresión no es palabrería, sino belleza del sentir, aire del beso de una novia.
          Y como la tierra es para los potas, he ahí que nadie como ellos para llevarnos a estar entre la luz de un paisaje:
          “El Sur es un puñado de olivos y labranza
          y un sol convaleciente y enfermizo de trigos”

Voz de ángel escribiría estos versos, Ángel con apellidos humildes y españamente repetidos: García y López.
          Andando los días, la voz dolorido, a pesar de su disfraz de gracia, de Manolito Alcántara,  cuando –Díos sabe por qué– sólo era poeta y paseaba España y la cantaba dejando en cada tierra su sabor andaluz, su dulzor trintón de alegría en leche.
          “Entre los ábsides de cales limpias,
          junto a pobrezas blanqueadas
          con geranios y sol en las cornisas”.

Y, en tanto, Luis Rosales hacía metáforas de esta tierra desde Madrid y la nombraba como “el callejón sin salida de la alegría”, yo me iba de ronda, otra vez, con Ángel García López, mientras él se acordaba de Emilia y yo de Carmen y me cantaba:
          “Cruzo este Sur oliendo lentiscos, las chumberas
          de Mataján. Al fondo, la frente de unas vides
          repletas ya de verde resplandor. Unos toros
          paciendo entre lagunas”.

          Y hubo una vez un poeta que nació en el frío de Palencia, pero tuvo su calor para sus raíces en Beas, tierras de Jaén, donde el agua cambia de nombre así vaya hacia el Mediterráneo o hacia el Atlántico, y, entonces, dícese Segura o Guadalquivir, y que siempre quiso ser castellano sin dejar de ser andaluz y que cambia –en esto se notaba su sabor a Sur– desde su tristeza:
          “Tal vez esté lloviendo por el Sur
          y se haga gris
          más todavía
          aquella tarde
          de marzo
          sin cometas”

Y estar, si pudiera, siempre en el Sur, porque:
          “A mi
          lo que me gustaría es ser de aquí
          y volver en invierno
          con pasión de zorzal
          a repartirme entre los anchurosos
          abrazos de la gente
          del pueblo,
          porque aquel que no ama
          la tierra en la que anduvo niño y triste
          como tres días de lluvia
          no merece
          el tumulto clavel de la alegría
          a destiempo”

          Juan José Cuadros, poeta cabal, como ese cante que se atreve a pegarse a la soleá y salir juntos desde la misma garganta.
          Y mirad por dónde vuelve la lluvia y se posa en mis ojos. Es una lluvia deseada y tardía que me llega, también en otoño, cuando apenas hay tiempo más que para decir amén. La traen en el alma y la deja caer en la palabra Andrés Mirón, un poeta que lleva haciendo versos desde que la alegría le salió respondona y daba en tristeza por los rincones.
          Publicó su libro primero en la tierra de donde yo vengo. Fue en el año 1965.
          Ha llovido mucho, tanto como para que esta lluvia deseada nos moje sin dañarnos.
          “Estaba en una lluvia y no existía
          Palpitación en donde guarecerse”

          Y mientras, bajo esta lluvia, pasa la vida, el gozo de recordar lo ya vivido, siempre como conquista, nunca como derrota, por más que “de tiempo somos y con prisa vamos”, nos advierte el poeta, para después endulzarnos la esperanza pues siempre en “los patios de ayer sigue amaneciendo”. Y esto es lo hermoso del vivir: el tiempo detenido en el canto, en la palabra, dentro de los ojos, porque:
          “lo que se amó una vez y tuvo alas
          no cesa de posarse en el recuerdo”

          Y hay que cantarlo para “cuando ya nada y nunca sean lo mismo”.
          Estoy hablando desde el poema de Andrés Mirón, desde esa lluvia deseada candada con la elegancia de quién ve la vida como una travesía en la que plantar los sueños.
          Cuando oigáis entero el poema de Andrés Mirón comprenderéis por qué el poeta es vecino de los dioses.
          Santiago Corchete Gonzalo es el otro poeta premiado. Poeta más de pensamiento que de corazón, más de razón que de pensamiento, más cercano a lo reflexivo que a la intuición. Pero nunca frío. Oidle pensar:
          “Vivir es una carga de palabras
          oblicuas y muy mal acentuadas
          en medio de un solar de incertidumbre”

          Alumbrador de versos que en la larga metáfora encuentran una belleza emocionante:
          “si una a una sumáramos
          todas las explosiones que después
          en las lluvias primeras del otoño
          surgen tras producirse la hinchazón
          de las semillas, no cabría
          tanto ruido en el campo”

          Y esto que ya es bello en sí se agranda con la exposición de lo contrario al ruido:
          “El silencio también es
          una suma de todos los silencios
          pequeños…”
          En esta “Orquestación del viento” pasa no un hombre a través del tiempo, sino el hombre en su dual manera de ver, de comportarse, de estar en la vida, de esperar y desesperar, de luces y sombras en el corazón.
          Ojalá que gocéis de la comunicación del poeta, de este gran poeta que acabo de conocer.

Marcelino García Velasco

Premios Searus 1997-XX Certamen de Poesía


PREMIOS SEARUS 1997
XX Certamen de Poesía

Año de Edición: 1998
Portada e Ilustraciones: Alfredo Vargas
Prólogo: Jorge de Arco
Poetas:
Marcelino García Velasco
José Luis Rodríguez Ojeda


LA DELEGACIÓN DE CULTURA COGE EL TESTIGO DE SEARUS

          La Asociación Cultural SEARUS pasa de ser el organizador de los certámenes de poesía, a colaborador en la organización de los mismos. La Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca se hace cargo desde esta edición de la organización.

PALABRAS DEL DELEGADO EN:  PREMIOS SEARUS-1997

          En este año, el Certamen de Poesía cumple “Searus” cumple su XX edición, afianzando su trayectoria en busca del canto poético de los hombres y mujeres en lengua castellana.
          Sin duda, todo este hacer cultural ha sido posible gracias al trabajo silencioso de hombres y mujeres que desde la Asociación Cultural “Searus”, con la participación del Ateneo de Los Palacios en los últimos años y la edición de obras auspiciadas por la Fundación el Monte, tomaran las riendas de conducir con cariño este, ya legendario, concurso literario; y también, como no, a la disposición e ilusión de los poetas, que fieles cada año, han propiciado su existencia.
          Esta nueva edición “nace” con el humilde, pero sincero, homenaje al XX ANIVERSARIO de trabajo y cariño por la “POESÍA” de organizadores y participantes.
          Llegado el momento del reconocimiento público a tanta voluntad expresada en silencio, la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca recibe satisfecha y con orgullo, esta hermosa herencia cultural para continuar con el trabajo realizado a lo largo de este tiempo y acepta como principal objetivo de una nueva etapa, el deber, siempre difícil de conseguir, de enriquecerlo en todos los aspectos posibles, para lo cual, sin duda alguna, será necesaria la ayuda de los que hasta ahora han trabajado en la organización y de aquellos poetas de lengua castellana que lo impulsaron un día para mantenerlo arriba en el tiempo.
          Hoy, y para que no lo olvidéis nunca, gracias a todos, antiguos organizadores y poetas de siempre, porque diciendo verdad, sois vosotros los que podéis mantener viva la voz de este bello cantar literario.

Ismael Pera Martín

Delegado de Cultura




PRÓLOGO
LOS VERSOS Y LAS PIEDRAS

          Una vez más, el tesón, el rigor y la ilusión de tantas personas, han hecho que podamos reunirnos en torno a la poesía en este Noviembre invernal. Y ya son veinte años.
          En estos momentos tan difíciles –¿cuándo no? – para el devenir poético resulta gratificante constatar los óptimos resultados de la sincera apuesta que el premio “Searus” lleva haciendo desde su primera convocatoria. Con poetas de obra ya amplia y reconocida –Francisco Mena, M. Fernández Calvo, Carlos Murciano y el propio Marcelino García Velasco– y con autores jóvenes que llenos de ilusión y amor al verso estamos comenzando a abrirnos paso –como Manuel Nogales, José L. Rodríguez, o yo mismo–, la nómina de ganadores ha ido creciendo a medida que el premio se afianzaba; lo que a su vez demuestra que, lejos de favoritismos, tendencias, etc. la importantísima labor del jurado viene marcada por la honradez y el buen hacer.
          Para mi, es una satisfacción poder presentar y ceder mi testigo a los ganadores de este año. Afirmaba Chénier que “el arte no hace más que versos; sólo el corazón es poeta”, y en los versos de Marcelino García Velasco podemos apreciar cómo es precisamente el corazón el que ejerce de conductor expertísimo. La contemplación de un capitel del siglo XII –“La matanza de los inocentes”, hoy en el Museo Arqueológico Nacional– impulsa con certero ritmo cada uno de sus latidos: “Mirad como se canta y cuenta en esta piedra / la eterna crueldad del hombre”. El autor se pregunta desde lo más hondo, por el dolor y la muerte: “¿Por qué tanto dolor para esa madre / que sólo tiene la cabeza de un niño entre las manos?”. La piedra aparece como referencia recurrente, y como sinónimo de grito desesperado, de la fría verdad que atesora su relieve; “Pero no es una historia / sino la historia nuestra de cada día”, porque aún el paso desconsolado de los siglos, su lección, no ha hecho que el hombre aprenda de tanta muerte inocente, de tanto daño inútil.
          Es curioso que los poetas premiados este año hayan vuelto sus ojos y sus versos hacia el ayer, hacia la historia que las piedras testimonian en su permanecer. En su famoso poema “Lo fatal”, Rubén Darío aludía a la dicha de “la piedra dura, porque esta ya no siente”; y si es cierto que carece de sensibilidad, también lo que en su capacidad para resistir el decurso del tiempo, reside su condición de salvaguardadota de edades y de gentes que ya fueron. “Desde la piedra de origen” escribe José Luis Rodríguez Ojeda, como acodado en ella, rescatando aconteceres pretéritos –una doncella romana trempranamente muerta, un digno condestable de Castilla engañado, una ciudad “a cada instante renovada”, Sidi Bou Sai… y todo ello dicho con un verso ágil y maleable, que fluye en libertad, o se torna heptasílabo, o encuentra su son mejor en la consonancia o la asonancia. Lo cual, en un poeta joven, es algo muy de alabar.
          Los cuatro lustros transcurridos, su continuidad, han hecho que este premio “Searus” tenga un carácter propio y singularizado dentro del ámbito literario español. Gracias, pues, al Ateneo y al Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca, a la Asociación Cultural Searus, a la Fundación “El Monte”, y a todos los poetas sostienen y alientan con su verbo y su entusiasmo cada nuevo certamen.

Jorge de Arco

Disertación de Jorge de Arco la noche del 28 de noviembre de 1998 en la ceremonia de la entrega de los Premios SEARUS.

Premios Searus 1996-XIX Certamen de Poesía


PREMIOS SEARUS 1996
XIX Certamen de Poesía

Año de Edición: 1997
Portada e Ilustraciones: Antonio León del Castillo
Prólogo: Manuel Nogales Orozco
Poetas:
Jorge de Arco
Juan Carlos de Lara Ródenas
Teresa Núñez González

PRÓLOGO

          A primeros de noviembre recibí el trabajo de Jorge de Arco. El título de su poemario se encierra en un hermoso verso, Dejad que la distancia se detenga en mis ojos, imagen evocadora y poética,  cuya propia distancia es la de un alejandrino. Las catorce sílabas del título son la primera entrega de una obra poética abundante en versos de arte mayor y bien fotografiados, verdaderas instantáneas donde el ritmo y el tiempo quedan detenidos, obra donde De Arco nos muestra la diversidad de su ser y de su estado. El tejido de su reposada memoria viene retratado con nombres de ciudad, como si de una geografía interior se tratara, junto a paisajes de arena, y otras referencias geográficas que son como un mapa hermético, enigmático, Jorge presentó su trabajo bajo el seudónimo Paula Cosí, alter ego italianizante, sugerente, que nos lleva a indagar en sus páginas como si nos internáramos en las ambigüedades y secretos de un diario apócrifo.
          En Dejad que la distancia…, la existencia es ignorada voluntariamente, anulada para ser recreada de nuevo a voluntad del autor. Todo libro de poemas reinventa la realidad para nosotros y todo libro de poemas es por ello un enigma. La prosa es fácil. Todo es comprensible en una novela, en un relato, en una nota de prensa. Pero la poesía se empeña siempre en engañarnos y en hacerlo todo mucho más difícil. Sería un ejercicio suicida interpretar académicamente lo que un poema de De Arco pretende transmitirme. ¿Y si quiere comunicar lo contrario? ¿Y si su voluntad no aspira a transmitir nada en absoluto? Quienes no deseamos convertirnos en críticos o hermeneutas, ni en intérpretes de lo ajeno, nos equivocaremos siempre gustosamente. Se trate del autor que se trate, haya ganado o no el Searus. Nos encanta jugar a descifrar poemas y estos siempre terminan por resultarnos un entrañable pasatiempo. El lector quizás nunca averigüe lo que, hace algún tiempo, alguien dejó escrito en una página sin pensar en nosotros. Y sin embargo ¿no llega a ser auténtica la reflexión del lector, como lo es el mensaje primero, escrito tiempo atrás?. La verdad que termina intuyendo el lector es tan fulminante como la verdad que encerraba el poema. Esta paradoja hace que la poesía se asemeje a la música, el arte que desnuda a la verdad de todos sus disfraces.
          En la bien diseñada trama de endecasílabos, heptasílabos blancos y pies continuamente quebrados en que consiste “Dejad que la distancia se detenga en mis ojos”, en un verso de su tercer poema creí adivinar la clave. O al menos la llave que a mí particularmente me serviría para entrar en el resto de estancias que encerraban sus páginas. Este verso, de nuevo un alejandrino, resuelve rápidamente un hermoso poema consiguiendo acabar con él de muerte súbita, dando un golpe mortal. De Arco narra una experiencia hamburguesa (de un Hamburgo interior, supuse en un momento): Tanta veces surqué / la inútil / geografía del agua en los canales / el aroma secreto de los tilos, / el mismo sabor vano del alcohol… / Inocente manera de ignorar la existencia. Al leer estos versos pensé que lo determinante no era si Jorge de Arco huía o ignoraba la existencia en Hamburgo, en Venecia, o en Arcos de la Frontera, su residencia actual. Lo importante, para mi humilde entendimiento, es, en sí, la huida. Al leer el poema, sus palabras me transmitieron una experiencia conocida.  Tiene una fuerza evocadora. Y lo dice quién no puso jamás un pié en Hamburgo.
          En verdad disfruto del placer que nos regala su poesía, y me aventuro a captar, por experimentada, la frustración del que ingenuamente pretende ignorar la existencia, la realidad tajante de las cosas. Jorge de Arco pertenece a una nueva generación. Tiene más o menos mis años y me considero por ello demasiado atrevido al hablar de su libro. Pero diré que su poesía me atrae por su extraño hermetismo, alejado de corriente que fluyen en un sentido u otro, personal e innovador. De su poesía resaltaría el ritmo y los versos finales, siempre tajantes y supuestamente ajenos al poema, pretendidamente marginados pero capaces siempre de descifrarlos, finalmente, lo esencial, lo hasta entonces sólo sugerido. El ritmo decadente, un campo semántico siempre inmerso en el mar, azotado por elementos atmosféricos y que hace de palabras tales como tranvía, guarida, Lisboa, derrota, labios, ausencia, agridulce y escocés, su maleta poética.
          Disfrutaréis leyendo el poemario de Jorge de Arco.
          Los versos de “Paseo del Chocolate” son igualmente versos cabales. Su dominio del soneto, sin temor a incurrir en una exageración, es sorprendente. Leeré una estrofa que me impactó. Aquí estoy con mi olvido y mi recuerdo / a ver si de una vez al fin me pierdo / por la niñez con tus primeros pasos. Esta capacidad para jugar con la métrica, con la estructura poética, para emocionarse escribiendo y, por supuesto, para transmitir un mensaje rotundo, vital y esperanzado, demuestra en Carlos de Lara un dominio de las mejores virtudes y habilidades poéticas. Paseo del Chocolate es el mensaje de un padre a su niña. Y escribirle poemas al hijo se me antoja un presente sencillo, hermoso y radicalmente sincero. Como un Glosario de canciones de cuna, Paseo del Chocolate consigue ser un bello ejercicio de honestidad poética.
          Sin perpetuarme demasiado, deseo dar mi sincera  enhorabuena a Jorge de Arco y Carlos de Lara, convirtiéndola en felicitación colectiva de los presentes en este acto.

Manuel Nogales Orozco

Disertación de Manuel Nogales Orozco la noche del 29 de noviembre de 1996 en la ceremonia de la entrega de los Premios SEARUS.

Premios Searus 1995-XVIII Certamen de Poesía


PREMIOS SEARUS 1995
XVIII Certamen de Poesía

Año de Edición: 1996
Portada e Ilustraciones: José Fernández Sanmillán
Prólogo: Santiago Corchete Gonzalo
Poetas:
Manuel Nogales Orozco
Manuel Moyano Ortega
Enrique Baltanás
María del Carmen García Andrés


ARDER DE LA PALABRA EN LOS PALACIOS

He querido titular esta intervención “Arder de la palabra en Los Palacios” porque, cuando fui invitado a participar en este acto, lo imaginé como si todas y todos asistiríamos a él para llenarnos del calor desprendido por una hoguera de amor, cuyos ramajes y leños combustibles estaban formados por madera de palabra; una palabras ciertamente un tanto especiales: rumorosas y esquivas como el agua cantarina del arroyo de montaña, pero también sosegadas y profundas como el remanso del más alto cielo en la noche más pletórica y hermosa.
          Pues bien, “entre Sevilla y el mar, en el decir del cronista-poeta Manuel Alacántara, dispuso Dios un anexo del Paraiso” que hoy en parte es ocupado por el Parque Nacional de Doñana, privilegiado enclave geográfico que da también asiento a Los Palacios y Villafranca. En esta línea infinitamente horizontal porque horizontalmente es casi infinita, asoma Los Palacios su blanca y nítida silueta de pueblo orfebre de siglos y misterios, como el de sus orígenes romanos con privilegio de acuñar moneda, o como los del olivo o la vid y tantos otros productos extraídos de la ensimismada y abundosa madre tierra, más también orfebre en decires y condensada en sus cantos, esos quejidos lúcidamente penumbrosos y densos del cante más “jondo” que le brota de las venas de su alma señorial y andaluza.
          Porque en este ancho y dilatado lugar, todo rezuma señorío y abolengo, corazón de pueblo llano a manos llenas, colmado de peculiaridades y de gracia para el arte de las artes cual es el uso del lenguaje; aquí, por ejemplo, se denomina “palacio” lo que en otros lugares se dicen “haciendas”, cortijos, casas de campo. De ahí que Los Palacios sea un extenso señorío de palacios, contagioso de su saber ser y estar en las páginas del tiempo y de la Historia.
          Mas esta noche nos ha convocado y reunido el noble pretexto de entregar los premios del XVIII Certamen de Poesía SEARUS, un concurso que el paso de los años ha ido madurando, consolidando y aumentando de prestigio, por cuanto ha enriquecido su palmarés con nombres propios de escritores que figuran en destacado lugar de muchas antologías de la poesía escrita en español, los cuales han querido unir el azar de sus biografías a este destacado concurso y a este entrañable lugar, sevillano por andaluz y andaluz por sevillano. Y es que ocurre con harte frecuencia, que quienes mejor saben hacer patria, patria chica y patria grande, no suelen ser los que las llevan y traen en labios de la fácil palabrería del discurso político, tantas veces hueco y ramplón, sino quienes día a día ponen sus ladrillos de entusiasmo, tesón y voluntad, para construir en altura y en profundidad el edificio cultural de la Historia perdurable. Por eso quiero felicitar pública y calurosamente a los promotores y artífices de éste certamen del arte poético, así como a cuantas personas e instituciones públicas y privadas vienen sumando año tras año sus generosos esfuerzos, contribuyendo con ello a que el nombre de Los Palacios y Villafranca sea conocido y valorado en los vastos confines del idioma español. Para ellas y para ellos, vaya este intenso y emocionante aplauso que solicito de todos ustedes.
          Otros de los aciertos organizativos del Certamen de Poesía Searus, lo constituye a mi juicio el hecho de que paralelamente, se convoque también un premio destinado a las y los poetas más jóvenes, esos nobles cultivadores de la palabra que, en el brioso corcel de los años juveniles, se proponen elevar sus ya heridos sueños hacia los más altos soles de la ilusión humana. Con su participación, puede afirmarse que tales valores no solo representan la esperanza del futuro, sino que formalizan la expresión certera y vigorosa del más rico y combatiente presente, por cuanto con la savia vital de su capacidad y su dinamismo, están consiguiendo renovar el dañado tejido cultural y estético de las postrimerías del siglo XX.
          Porque alrededor de la palabra, todos somos principiantes; todas y todos los escritores, noveles, menos noveles y aún consagrados, sienten idéntico escalofrío, igual estremecimiento, la misma perplejidad. Todos nos sabemos igualmente incapaces de lograr el decir que tan denodadamente buscamos mediante la escritura, ejercicio consciente en intentar alcanzar a veces una nube, otras veces una estrella, y siempre, siempre algún sueño, para bajarlos a la página y al verso son la finalidad de entregarlos al común de los hombres y mujeres pobladores de los páramos y desiertos de esta nuestra historia mortal, construida con ceniza y olvido.
          Todos pues, poetas y lectores de todos los tiempos, nos preguntamos acerca de la naturaleza y razones de ser que tuvo y sigue teniendo la poesía, para cautivar con sus mieles de emoción y para seguir seduciendo con los sones de su música, ese precioso torrencial de “música callada” en el decir poético de S. Juan de la Cruz, quien, como es bien sabido, fue capaz de tocar el cielo de la expresión poética con las manos.
          La poesía, presente ya en los primeros balbuceos lingüísticos del hombre, y legible en los incipientes rasgos escriturales dejados por la especie humana en los más diversos materiales encontrados, -piedras, rocas, pergamino, papiro, arcilla-, se contagió posteriormente de tonalidades épicas para cantar las gestas realizadas por algunos prohombres transformados en leyenda de héroes populares, los Ulises, Homero, Píndaro, Mío Cid… Y fue en los albores de nuestra lengua recién salida del latín, cuando en las “Glosas Emilianenses” y desde el riojano monasterio de San Millán de la Cogolla, el monje Gonzalo de Berceo la empleó para cantar los “Milagros de Nuestra Señora”, de manera un tanto temblorosa, si bien “a sílabas cunctadas, ca es gran maestria”.
          Más la poesía no se detuvo en cantar únicamente las gestas épicas ni religiosas, sino que poco a poco fue penetrando su daga de lirismo y emocionalidad en lo más hondo del corazón humano, logrando aflorar sentimientos universales, enriquecidos formalmente con los más variados matices diferenciales aportados por cada civilización y cada cultura. Largo y fascinante proceso de acumulación de esfuerzos creativos, de suma de energías, datos y registros que han supuesto el acervo común de la tradición, ese tesoro que a todos nos alcanza y respalda, a la vez que nos avala y consigue hacer auténticos, al sabernos gota del mismo caudal de agua que nos une e identifica. Tradición que nos hermana con Garcilaso de la Vega, que nos hace herederos de Cervantes, Quevedo, Góngora, S. Juan de la Cruz…, y que con el romántico y sevillanísimo Gustavo Adolfo Bécquer, sigue preguntando:
          “¿Qué es poesía dices mientras clavas
          en mi pupila tu pupila azul?
          Poesía, ¿y tú me lo preguntas?
          Poesía eres tú”
         
          Esa misma poesía que también sabe abandonar el tono indagatorio para volverse colorista y definitoria en los versos del poeta sevillano Manuel Machado, cuando escribe:
          “Vino, sentimiento,
          guitarra y poesía,
          hacen los cantares
          de la patria mía;
          cantares,
          quien dice cantares
          dice Andalucía”

          O bien se muestra con la hondura densa y sobrecogedora en la pluma y la voz del otro hermano y sevillano también, Antonio Machado, al escribir:
          “En el corazón tenía
          la espina de una pasión
          logré arrancármela un día,
          ya no siento el corazón.”

          Finalmente y por traer a colación una cita de casi ayer mismo, el muy poco pródigo pero felizmente recordable Jaime Gil de Biedma, en uno de sus últimos poemas, publicado cuando se hallaba pisando los umbrales de la muerte, mostraba la misma incertidumbre ante el misterio tras el que veladamente se esconde la poesía, ya que, al igual que el vivir, la poesía existe, mas

                    ¿sabe alguien donde está?
          ¿Cuál será la relación que existe entre literatura y desasosiego?. Porque con su punto y final, solamente la muerte concretarnos; mientras tanto, todo en derredor parece evocar un extraño rumor de nieve tácita con alas de palomas, que dan pie a que el poema sea una suma y sigue de sentimientos y significado. ¿Será que la poesía pretende vaticinar que morir es un nuevo nacimiento, para definitivamente adentrarnos en la aventura del ser interminable? Tal vez por ello la poesía pregunta sin cesar, hasta llegar incluso a la posible sinrazón de preguntarse a si misma cuando se convierte en metapoesía, eso es, lenguaje que se hace finalidad y objeto de si mismo, o lo que es equivalente: lo originario convertido en fin de lo creado, ociosa al parecer divagación conceptual que fundamenta el aparente galimatías que oscurece en la actualidad el discurso poético, haciéndolo difícilmente accesible para numerosas sensibilidades lectoras.
          Mas no, la poesía no ha perdido el rumbo por completo. Sucede que ahora discurre por caminos polares de intensa frialdad, rodeada de grandes bloques de hielo, nieve y silencio, pero que nadie pretenda certificar su defunción, porque su enigmático corazón anida muy, muy dentro, y eso la salvará de la tiniebla. Regresará, volverá a salir de su sol radiante tras las esquinas del tiempo, y entonces su calor volverá a ser de todos, dado que su espíritu, además de universal, es eterno. Salid, salgamos todos a su encuentro bienhechor, a través de la lectura frecuente y reparadora. Porque la lectura es acaso la mejor llave para abrir las puertas y ventanas de la imaginación, y por consiguiente la mejor manera de poder sentirnos libres en esta cárcel de sueños que es el mundo. Nadie ponga en duda que el ejercicio constante y consciente de la lectura, contribuye a desenvilecer la realidad que a diario salpica de barro e inmundicia la hermosura de este mundo.
          Tal acaban de demostrar y de manifestarnos con su pluma y su lectura, los dos poetas ganadores del XVIII Certamen de Poesía SEARUS; ora como lo ha hecho D. Manuel Nogales, descendiendo con la palabra bajo aguas encendidas de su “Pequeño mar en llamas”, o bien ascendiendo al intenso cosmos de “Los reinos circulares” en las alas verbales de D. Manuel Moyano. Ambos, con la creatividad de su poderosa imaginación y la fertilidad de su lenguaje, han querido y sabido unir sus nombres a este lugar tan cordial y tan benigno.
          Porque si olvidar significa regresar a lo perenne, estos manojos de rosas desmayadas que adoptan forma de libros de poemas, permiten rescatar a trechos nuestra frágil memoria, siempre con palabras de humildad, pues que todo lo demás es ruido. Soñar esa aventura densa de puertas para dentro, en también una manera de abrazarnos mediante la palabra, aunque solo sea disueltos en un amor confuso y palpitante. Por ello, ser mantenedor de un acto literario como éste, resulta una tarea sumamente gratificante ya que, ¿no es cierto que parece como si estuviéramos asistiendo a un tal vez pequeño pero magnífico nacimiento? y es que en el sentir de todos los seres está secretamente escrito que, nacer, asumir vida, seguir naciendo a cada instante; nacer, siempre nacer es lo que importa.
          Así pues, desde el pórtico y la escalinata que aproximan a este altar tapizado de corolas y de rosas sucesivas, elevo la copa de un vino imaginario para desear larga y fecunda vida al Certamen de Poesía SEARUS. Brindo entusiasmadamente por él, al tiempo de agradecer en las personas de D. Miguel Begines y D. Juan Gil haber sido designado mantenedor de este acto que, entre muchas otras satisfacciones, me ha permitido la dicha de estar con ustedes, y poder dirigirles mi modesta palabra. Amigas y amigos, llegados ya a los instantes finales, es el momento de dar las más expresivas gracias en plural a quienes hicieron posible este Certamen: primeramente a la Asociación Cultural SEARUS y al Ateneo de Los Palacios que lo promovieron y organizaron; al Excmo. Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca, así como a la Fundación El Monte que fueron sus patrocinadores, mas también a los miembros del Jurado y muy especialmente a las y los numerosos poetas que participaron con sus poemas en la presente edición. Finalmente, gracias, muchísimas gracias a ustedes por su gentil y fervorosa presencia.
          Señoras y señores, amigas y amigos todos, declaro que el Certamen XVIII de Poesía SEARUS acaba de concluir, pero al mismo tiempo proclamo con júbilo a todos los vientos que el XIX Certamen acaba de nacer. Bienvenida sea su gozosa ilusión entre nosotros, durante el próximo año 1996.

                              Santiago Corchete Gonzalo

Disertación de Santiago Corchete Gozalo en la noche del 24 de noviembre de 1995 en la ceremonia de la entrega de los premios SEARUS.

Premios Searus 1994-XVII Certamen de Poesía


PREMIOS SEARUS 1994
XVII Certamen de Poesía
                                 
Año de Edición: 1995
Portada e Ilustraciones: Antonio Manuel Páez Rincón
Prólogo: Francisco Caballero Galván
Poetas:
Juan José Folguerá Crespo
Santiago Corchete Gonzalo
Máximo Cayón Diéguez

PRÓLOGO

          De nuevo amigo lector, la cita cultural más importante del largo y desgraciadamente seco otoño palaciego, toma cuerpo impreso en este pequeño pero cálido volumen bibliográfico. Son los premios Searus de poesía el punto de obligado encuentro de nuestros amigos los amantes de la rima, y para ellos el Ateneo de Los Palacios, la Asociación Cultural Searus y el Ayuntamiento de la Villa, en una múltiple y permanente colaboración bajo el patrocinio de la Fundación EL MONTE, realizan la siempre agradable tarea de sacar a la luz los trabajos premiados en la anterior convocatoria.
          Es para nosotros una satisfacción, comprobar como una idea surgida hace casi dos décadas en el seno de una asociación fundada por exalumnos de nuestro bicentenario colegio Juan José Baquero, es una magnífica realidad a la que concurren un numerosísimo grupo de poetas españoles de un excelente nivel literario; dando buena muestra de ello la extensa lista de los ganadores en los diecisiete certámenes celebrados.
          Esa semilla sembrada en los albores de la democracia, germinó, creció  y afortunadamente hoy día es una realidad gracias al cariño  y al esmero que le hemos dedicado en estos años.
          Esa colaboración permanente entre las distintas asociaciones culturales de la villa, ha hecho posible que de forma continuada se convoque anualmente nuestro certamen literario, y que sin grandes despliegues económicos, sin lujosas e irrepetibles ediciones se mantenga de una forma digna e ininterrumpida la publicación de los premios en un decoroso formato y con una muy buena calidad de impresión.
          Para ello, además de los trabajos premiados y con el fin de hacer más digerible el siempre “a priori” rechazo que los libros de poesía plantean en una mayoría de la población,  hemos recurrido a conocidos artistas locales, los cuales siempre se han brindado a colaborar activamente en la ilustración de estos libros, que por su tamaño y diseño, entendemos que son ideales para iniciar el hábito de la lectura entre nuestros escolares y convecinos.
          Este ha sido siempre nuestro constante compromiso con la ciudadanía, mantener los premios y su edición, promoverlos para su mayor divulgación y conocimiento, así como colaborar desinteresadamente con los estamentos educativos locales, a fin de que todos nuestros estudiantes puedan participar y conocer este importante evento cultural.
          Acontecimiento que está siendo conocido y admirado no solo en nuestro suelo patrio, sino que cada año son más numerosos los trabajos recibidos allende nuestras fronteras, y buen ejemplo de ello es este primer premio concedido al poeta argentino Juan José Folguerá Crespo.
          No queremos terminar esta presentación sin agradecer públicamente a Juan Gil y Miguel Begines, auténticos mentores de estos premios Searus, la importante tarea que han venido desarrollando en pos de la poesía en nuestra villa. Gracias a los dos y que sea por muchos años.

Francisco Caballero Galván